De Navidá a Navidá sólo un añu va

Ritos y tradiciones del periodo navideño en Cantabria

Por Pedro Luis Madrazo

De nuevo recala la luz de la Navidad en nuestra vida. Para los más impacientes de su venida, un aforismo tradicional cántabro señala: «De Navidá a Navidá sólo un añu va».

Un periodo en el que los moradores de los diferentes valles de Cantabria, así como los pejinos de los pueblos y villas de su litoral conservan en la memoria colectiva las candorosas ilusiones de una infancia lejana, atizan el fuego de la hospitalidad del hogar y avivan la llama de la caridad en sus corazones. Los risueños optimistas reciben al Año Nuevo, sabiendo que «mal añu será si entra nadando», no sea que entre aciago si llueve mucho al principio de enero.

La Navidad no suele entender de estómagos vacíos, por ello, siempre ha sido tradicional acompañar su celebración con ricas viandas, normalmente las provenientes del matacíu del chon. Un rito festivo habitual del mundo rural cántabro, que se ha venido realizando por sucesivas generaciones, tras recoger los frutos en el tardíu, una vez pasado San Martín, y antes de la Navidad. De ahí que la sabiduría de nuestros ancestros ideara la máxima que dice: «Por Navidá mata el chon, grande o chicu; es igual». Sea lo que sea, ya no se puede esperar más tiempo para meter el cuchillo al rollizo cerdo.

Antaño, en las aldeas cántabras, juntaban los taburetes en torno a la mesa perezosa en la noche de Navidad, en la de Año Nuevo y en la de Reyes para disfrutar de un banquete familiar. Un ingenioso artilugio de madera de uso corriente en las cocinas montañesas, con forma de sencillo banco con respaldo abatible que se transformaba en una útil mesa mediante un tablero rectangular sujeto a una pared por medio de una tarabilla. Allí no faltaban las sabrosas morcillas, los deliciosos chorizos, la borona, los suculentos guisaos de carne acompañaos de buen vino, y las ricas torrijas regadas con dulce miel. El refranero popular es muy expresivo cuando señala, de manera metafórica, la profusión de la cocina durante esas fechas: «En Nochebuena y en Navidá la chimenea ajuma más».

Cuando los devotos montañeses asistían a la ceremonia de adorar al Niño por Navidad, era uno de los pocos momentos en los cuales descalzaban los hombres las albarcas, dejándolas colocadas y bien ordenadas en la puerta de la iglesia. Los sufridos pescadores cántabros de centurias pasadas, en la costera del besugo, fijaban la hora de partida de las pinazas a la pesca a las cuatro de la madrugada, desde noviembre a Navidad, «por ser el día corto». Maestres y tripulaciones, precedidos del farol del linternero, se dirigían al embarcadero del «puerto chico», donde tomaban las respectivas barcas sin cubierta dotadas de remos, para ir a pescar, y que se conocían popularmente como pinazas.

A veces, cuando llega la Navidad, los más viejos añoran aquellos días donde las vetustas supersticiones navideñas tomaban protagonismo. Lejanos tiempos en los cuales los mozos y mozas escuchaban ensimismados a un versado narrador de mágicas leyendas en las frías noches de invierno, sentados todos en escaños o en improvisados tajus, junto al llar, pegados a la calidez que emanaba del fuego. La picaresca popular cántabra también tiene su reflejo en el período navideño, apuntando un dicho muy sagaz que dice «en septiembre, la gallina vende; en Navidad, vuélvela a comprar». Es bien sabido que en septiembre dejan de poner las gallinas, y hasta finales de diciembre no vuelven a poner.

El ornamento típicamente utilizado en los hogares cántabros con el fin de crear familiares estampas navideñas ha sido el árbol del acebo. Vistoso por sus hojas verdes y frutos rojos como tradicional árbol de Navidad. Aunque venenoso, lo hacen aparecer actualmente en Cantabria como un superviviente de otras épocas. Una excursión hoy por la geografía cántabra lo sitúa en Campoo, el acebal de Abiada y las orlas de acebal de Cirezos, igualmente lo encontramos en el Alto Saja, con los acebales de las brañas de Ozcaba, Julastra y otros de los alrededores de los puertos de Palombera, además en la cuenca del Nansa, con el espectacular acebal del collado de Tamareo sobre Garabandal, y los de Carizosa y Hozalisas, en la divisoria Rionansa-Lamasón, y, por último, en el parque natural Saja-Besaya, en Brañamayor (Los Tojos).

También la magia estética de la planta del muérdago aparece decorando los ambientes típicamente navideños de las casas cántabras, colgada en las puertas o adornando el belén y el árbol. Llegada la Navidad es tradicional salir a cortar una rama de esta planta para regalar a los seres queridos con la finalidad de que encuentren el amor o conserven el que ya tiene, y, si se trata de una pareja, el hechizo del muérdago les puede obsequiar con el don de la fertilidad.

Llegados a este punto, el sabio dicho de «Del vieju, el conseju…», toma aquí especial protagonismo. Hoy nadie recuerda ya la antigua creencia cántabra de «chamuscar o quemar el culo al año viejo». Era costumbre en Navidad quemar en el llar de la cocina el «travesero», un madero grande y grueso, mientras la familia cenaba al calor de la lumbre. El enorme tronco se ponía cruzado sobre el mencionado llar. Un práctico artilugio metálico colgado de la campana con una cadena que lo sujetaba sobre el fuego o fogón. El voluminoso leño se iba quemando poco a poco. Y siempre los temerosos pobladores de ese hogar procuraban que la llama no se apagara, con el fin de mantenerlo continuamente encendido. Siendo la creencia popular que así se estaba «chamuscando el culo al año viejo». De mal augurio era que el enorme tronco se apagara, puesto que en tal caso la superstición señalaba la llegada de terribles desgracias para los moradores de la casa. Debido a que existía la convicción generalizada de que si se apagaba el travesero, la maldición caería sobre ellos y habría enfermos a partir de enero.

Habitualmente se ponían otros maderos más pequeños a quemar junto al descomunal tronco, aunque a diferencia de éste, aquellos se retiraban antes de que se consumieran del todo. Después, estos troncos a medio quemar, se guardaban, ya que el convencimiento popular era que protegerían a los atemorizados habitantes de la casa frente a las terroríficas tormentas venideras.

La Navidad también es época de travesuras de mocedad, puesto que «moza o mozu sin alegría; campanu sin majuelu o badajo». Costumbre arraigada entre los mozos de Polaciones, con el río Nansa ejerciendo de sangre que recorre las venas de las entrañas del valle, era la trastada de «tirar la olla» en Nochevieja. Ubicado en el punto más alto de Cantabria, no es de extrañar que a los revoltosos muchachos purriegos les podamos vincular con el dicho «con este fríu no se pega el sueñu», a la hora de pasar antaño gran parte de la noche de fin de año arrojando estruendosas cacerolas de barro contra la puerta de la casa de la persona más anciana del pueblo.

Broma de juventud, desconocida o borrada de la memoria de los pueblos cántabros, principalmente lebaniegos, también era la berrona. En plena época navideña, llegada la noche de Inocentes del ansiado 28 de diciembre, aunque azotara la cellisca o cayera la nieve, los mozos se disponían a realizar aquella diablura. Una ingenua fechoría que tenía por objeto despertar a los vecinos, haciéndoles pasar una noche de angustia, fruto de un susto morrocotudo. Después de que los juguetones muchachos habían elegido a su confiada víctima en una improvisada reunión conspirativa en cualquier calleja, amparándose en el manto de la noche, penetraban con sigilo en una cuadra de vacas adormecidas. Una vez dentro, los jaraneros chicos comenzaban a dar ruidosas voces imitando con maestría el sonido chillón originado cuando una vaca se suelta del pesebre y cornea a las demás, que berrean, de aquí su nombre. La atronadora serenata nocturna la realizaban los críos del lugar usando las cuernas de ordeño, habitualmente hechas de asta de buey. Asimismo, para efectuar ese escandaloso recital lo hacían gritando sobre la abertura de sus albarcas, que descalzaban, y que producía un ruido ronco y sordo. Para dotar de tintes más bullangueros a la travesura infantil, la cuadrilla de alborotadores acompañaba la gamberrada con el escándalo que provocaba el violento arrastre por el suelo de cadenas, cencerros y campanillas.

Tras estallar en los oídos de los durmientes vecinos y dueños de la cuadra aquel estrépito, y presas del terror, se arrojaban a la calle a medio vestir. Agitados por la misteriosa situación, gritaban nerviosos el nombre de sus vacas ayudados de la exigua luz de un candil. Confusos por lo que sus amodorrados ojos veían, abrían el establo y no observaban nada anómalo, a la vez que el estruendoso ruido había cesado de forma súbita. La rutina nocturna de las vacas en la cuadra rebosaba la habitual tranquilidad. Desconcertado y con el sobresalto metido aún en el cuerpo, el engañado vecino volvía a su casa envuelto en un halo de enojo, visto que se habían burlado de él un grupo de diablillos juguetones.

Las mozas presentan el Ramo de Navidad en la iglesia durante la Misa del Gallo en la medianoche de Nochebuena (valle de Polaciones).

Entre los recuerdos del pasado en Liébana está el ritual del Ramo de Navidad. Posiblemente sea un residuo del antiguo culto pagano al árbol y al fuego. Una reminiscencia cristianizada de la ancestral veneración de los antiguos cántabros prerromanos por los árboles y los bosques, como grandes santuarios de la naturaleza. Un lejano tiempo en el que el roble era el rey de los árboles, el que poseía mayor valor simbólico y estaba asociado con la divinidad. Sin omitir al tejo como emblema del paganismo cántabro. Debido al profundo arraigo de las tradiciones de origen pagano entre los cántabros de la primera época medieval o Antigüedad Tardía, el cristianismo fue absorbiendo ritos, fiestas y tradiciones autóctonas paganas presentándolas como propias y evitando así el rechazo de los habitantes de los valles cántabros.

Otra conjetura ha querido ver en esta práctica navideña del ofrecimiento religioso del ramo una influencia medieval, cercana al siglo XII, de interrelación de los pueblos lebaniegos con los leoneses.

Esta antigua ceremonia religiosa de cantar y ofrecer el Ramo de Navidad se hacía desde tiempos inmemoriales, y se perdió en la mayoría de los pueblos lebaniegos, excepto en unos pocos como San Pedro de Bedoya, perteneciente al municipio de Cillorigo de Liébana. En los últimos años, esta otrora arraigada práctica se ha recuperado en el valle de Polaciones.

El rito tradicional del Ramo de Navidad se celebraba durante la Misa del Gallo en la medianoche de Nochebuena. Sin embargo, previamente un grupo de mozas del pueblo, llamadas mayordomas, preparaban un ramo de acebo recogido en el monte. El antiguo ceremonial recogido en el valle de Polaciones consistía en colocar dicho ramo en una peana, quitarle las hojas de los extremos de las ramas laterales, colgar de las ramas dulces propios de la Navidad como confituras, polvorones y rosquillas, y adornarlas con papeles y cintas de colores, a veces velas, y en sus extremos pinchar ocho manzanas. Así preparado, le introducían en la iglesia tres niñas vestidas de blanco.

Antes de la misa, hacían una gran hoguera en la campa de la iglesia, mientras esperaban la entrada de la comitiva. El cura permanecía dentro de la iglesia con las puertas cerradas. Al poco tiempo, la comitiva llegaba hasta la iglesia, cantando estrofas alusivas al acto, pidiendo entrada en el templo. Desde el interior, abría sus puertas el monaguillo, y continuaban las cantoras con el canto referente a la entrega del ramo a la Virgen. Y ya delante del altar, pedían cantando que saliera el cura. Seguidamente, éste salía y se sentaba a la derecha del altar, en un sillón. A continuación, le invitaban, cantando, a que se levantara y colocara el ramo en el altar, y a repartir las manzanas entre él y las mayordomas. Como colofón, despedían a los presentes felicitándoles las pascuas y pidiendo salud para el año venidero.

El ramo permanecía allí hasta el día de Reyes. Fecha en que se sorteaban las confituras, rosquillas y demás dulces navideños en una animada rifa entre los vecinos, cuyo importe se dedicaba al culto de la Virgen.

Representación del rito tradicional del Ramo de Navidad por el Aula de Cultura Tradicional de Valdebaró (Liébana) en el Festival Pozu Jondu Folk-2014 en el teatro Casyc en Santander.

Este ritual tan común en toda Liébana, exceptuando pueblos como Bejes y Tresviso donde ha sido costumbre pinar el mayo de haya en verano, incluía diferencias en su realización práctica por cada pueblo. También los cantos que entonaban las mozas variaban de un concejo a otro, tanto en su contenido como en los ritmos con los que lo entonaban. Extracto del canto del Ramo de Navidad:

 

Para entrar en este templo

hoy noche de Navidad,

a Dios le pido licencia

y a toda la autoridad.

En el santo templo estamos

dispuestas para cantar,

si el señor nos da licencia

queremos ya comenzar.

Licencia ya la tenemos

que la fuimos a buscar,

a casa del señor cura

hoy noche de Navidad. (…)

 

Para el cura santanderino Sixto Córdova, gran investigador del folclore cántabro, las marzas constituyen «un género de villancicos absolutamente montañés, de música exclusivamente propia», «una composición poética popular, que se canta en las iglesias en Navidad, y otras festividades». Estos cantos de petición que son costumbre realizar por los mozos, atravesando las callejas del pueblo, por las casas del vecindario, aunque se cantan habitualmente en la última noche de febrero y el primer día de marzo, también se interpretaron en fechas navideñas como la Nochebuena, Año Nuevo y Reyes. Las primeras alusiones escritas a las marzas aparecen de pluma del escritor José María de Pereda en su obra Escenas Montañesas, publicada en 1864. Allí se relata que es costumbre cantar las marzas casa por casa en la noche de Navidad.

No obstante, la existencia de estos cantos petitorios no ha sido común en toda la geografía cántabra. Los valles de Liébana y Polaciones han mostrado unas particularidades distintivas respecto al resto.

La sapiencia montañesa dice: «Por Navidad ajos no sembraos ni por sembrar». En otras palabras, en Navidad ya es muy tarde para sembrar. No obstante, si es buena época para obtener una propina amparándose en el espíritu navideño.

Antiguamente, en el agreste valle cántabro de Polaciones, se conservaba la tradición popular de madrugar muy temprano el Día de Reyes, y al primer vecino del pueblo que se encontraba el grupo de tempraneros mozos, en una de sus gélidas callejas, le voceaban airosamente: «¡Aguinaldo!», con la ilusión de haber sido el primero en gritárselo y así recibir el correspondiente aguinaldo. Una recompensa en especie o en monedas. Una costumbre que paulatinamente se fue perdiendo, sobre todo por el éxodo de población que sufrieron los valles purriegos. El pequeño pueblo de Uznayo, cercano a Lombraña, capital del municipio de Polaciones, ofrece una interesante particularidad respecto a los aguinaldos de Reyes. Aquí han conservado, al igual que en el pueblo lebaniego de Bárago, un curioso canto petitorio que no alude a temática religiosa, sino que contiene un fragmento del singular romance de La merienda del moro Zaide, fechado en el siglo XV aproximadamente.

Canto petitorio recogido en Uznayo por el investigador José Manuel Fraile Gil:

 

Hoy el día de los Reyes,

la primer fiesta del año.

Aquí venimos señores,

a pedir el Aguinaldo,

a pedir el Aguinaldo.

 

No pedimos plata ni oro,

ni tampoco su reinado.

Pedimos cuatro mil hombres

para el campo sagrado,

para el campo sagrado.

 

Si nos dais los Aguinaldos

bajad y si no marchamos.

Hoy el día de los Reyes,

la primer fiesta del Año,

la primer fiesta del Año.

 

Las tradicionales marzas no se cantaban en Liébana. Antaño en los pueblos lebaniegos, cuando al caer el sol tomaba vida la oscuridad, los mozos celebraban la Nochevieja con sus cantos, recibiendo al Año Nuevo pidiendo los aguinaldos casa por casa. Tras ser convocado el grupo de muchachos, a golpe de redoble de tambor, para pedir las dádivas entre el vecindario, un mozo de la cuadrilla gritaba en la puerta del domicilio del vecino: «Aguinalderos somos, aguinaldo pedimos, ¿qué hacemos, cantamos, rezamos o nos vamos?», con la complicidad del silencio del resto de la comitiva pedigüeña. Recibiendo normalmente chorizos, cecina, tocino, garbanzos, panes, que después guardaban en un saco los mozos más jóvenes. De vez en cuando les daban dinero, que solía guardar el mozo más veterano. Más tarde, con la llegada de la Noche de Reyes, los mozos se juntaban para cenar los apetitosos aguinaldos recibidos en especie.

Pidiendo los aguinaldos en Uznayo (Polaciones).

En caso de que fueran solicitados para cantar, y si no había luto reciente, lo habitual era que interpretaran el canto de los Mandamientos. Un cántico en el que se iban recorriendo los Diez Mandamientos cristianos, de ahí su nombre. Sin embargo, en otros pueblos cantaban de forma popular los Sacramentos.

El investigador José Manuel Pedrosa, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, recogió una interesante muestra de los antiguos cantos de los mozos del pueblo de Bárago, en el municipio de Vega de Liébana, cuando se iban a pedir el aguinaldo durante la Nochevieja y la primera mañana del Año Nuevo. Entre los cantos que reunió figuraban versiones excepcionalmente completas del rarísimo romance de La merienda del moro Zaide, y ejemplos de Los mandamientos divinos y de Los sacramentos de amor. Pero lo que convierte los Mandamientos de Bárago en un documento excepcional es que se relacionan estrechamente con una composición poética que fue incluida en un pliego suelto impreso en caracteres góticos en Burgos, fechado en 1604. Resumiendo, en la tradición oral de algunos pueblos lebaniegos se ha cantado, hasta los años 40 del pasado siglo XX aproximadamente, un aguilnado en Nochevieja y Año Nuevo, que es en realidad una versión tradicional de un antiguo villancico documentado en un documento gótico de comienzos del siglo XVII. Y que se ha mantenido vivo, transmitido de manera oral a través de sucesivas generaciones.

En las vísperas de la fiesta de la Epifanía —esto es, la noche de Reyes— fue costumbre en Cantabria el canto de Reyes. Una especie de cantos de marzas, entonados por un grupo de mozos, a los que se conocía popularmente como reyeros. El texto de lo interpretado por ambos tipos de canto petitorio nada tiene en común, salvo el pedir un regalo. Sin embargo, difieren en el tipo de obsequio, puesto que los mozos que agasajaban con sus voces el último día de febrero admitían presentes en especie y en moneda, en cambio los reyeros sólo en dinero. Estos últimos siempre iban acompañados de un bolsero, responsable de guardar las donaciones pecuniarias de los generosos vecinos, durante sus serenatas nocturnas en la noche de Reyes.

La comitiva de reyeros solía llamar a una casa con «Ave María Purísima», y al mismo tiempo era contestado desde el interior con «sin pecado concebida». A continuación, y una vez que el morador de aquel hogar salía al umbral de su puerta, se iniciaba el clásico ritual de los cantos de petición con la pregunta «cantamos, rezamos, ¿o qué hacemos?». Normalmente, respondían: «¡Cantad, cantad!», y los reyeros entonaban sus cánticos. Más tarde recibían el aguinaldo, y como se suele decir «con la música a otra parte». Desde luego que el propósito de «limosnear» entre la vecindad era la de sacar cuanto más para darse un festín. En ocasiones el infortunio se había apoderado de la casa que visitaban los reyeros, o bien estaban de luto, en tal caso les mandaban rezar. «¡Rezad, hijos, rezad!», les contestaban, y los reyeros iniciaban un respetuoso «Padre Nuestro».

El refranero popular montañés señala que «Criu que no duerme y vieju que adormece, los dos palidecen». Imaginamos que algo parecido a eso es los que les ocurre a los desvelados críos durante la noche de Reyes, aguardando con nerviosismo los regalos de sus majestades. La añeja tradición cántabra no recoge a ningún ser mitológico, ni a ninguna mágica leyenda que haga referencia a un bondadoso ser, que sea el encargado en Cantabria de repartir los regalos entre los chiquillos. Únicamente la imaginación literaria del escritor Manuel Llano plasmó en su obra las palabras que le contó un vecino del pueblo de Viaña, en Cabuérniga, alusivas a la presencia de anjanas, acompañando a los Reyes Magos durante la noche del 5 de enero de cada cuatro o cinco años, que llevaban ropa y calzado a los niños pobres.

 

Que vengan las anjanas

con los santos Reyes,

pa alegramos la mañana

a las nenas y a los nenes (…)

Título: «De Navidá a Navidá sólo un añu va».
Autor: Pedro Luis Madrazo.
Fuente: Revista Los Cántabros Nº 17 – 2018.