La magosta, una tradición muy viva en Cantabria...
Por Pedro Luis Madrazo

En Cantabria, los vientos bruscos del otoño —nuestro tardíu— arrancan las hojas de los árboles con furiosa armonía, y suelen ser los recolectores naturales de los frutos del majestuoso y corpulento castaño. Es el ábrego, también conocido como el viento de las castañas, de tipo suroeste. Hay años en que éste no asoma, con lo cual hay que varear el árbol, sacudirle con cierta vehemencia ayudándose normalmente de una vara larga, para que poco a poco vaya cayendo al suelo su sabroso fruto.

En el recuerdo queda el Cancionero pasiego de fray Justo Pérez de Urbel, descendiente de una noble familia de San Pedro del Romeral, y publicado en 1933, donde recogió precisamente ese aspecto pétreo del castañar a través de la siguiente descripción poética: «Pues más formal voy a ser que el tronco de un castañal».

La astucia popular cántabra se hizo eco de una imaginativa adivinanza que decía: «¿Qué cosuca será una dama muy tapada con flecos verdes y carne blanca?»; la réplica a tal acertijo es precisamente la protagonista del presente texto: la castaña.

Habitualmente, con la llegada del mes de octubre, cuando vamos a «apañar castañas», a pie de la castañera, las recogemos en el suelo sueltas o envueltas en su erizo pinchudo, que en la madurez se abre en cuatro partes y suele acoger tres castañas. Sin embargo, a veces la sorpresa surge cuando al abrir el ansiado erizo su interior está vacío del fruto: es el desengaño producido por haber encontrado un erizo caloco.

La tradición señala que las preciadas castañas, ya libres del orizu, horcinu o burizu —diferentes vocablos del lenguaje popular cántabro para referirse a la cápsula recubierta de pinchos que envuelve al fruto—, se almacenaban en el desván de la casa; mientras que los erizos, que envuelven el ansiado fruto del árbol, se llevaban al carrozal, lugar donde se colocan las castañas aún verdes en el interior de los orizus, para que, amontonadas, maduren, confirmándolo así el dicho: «Con ábrego de invernizu, pon en carrozal al erizo». Ha sido costumbre en el medio rural que, tras sacar las castañas del mencionado carrozal, se esparzan dentro de un sarzu —una especie de carpancho trenzado de varas o mimbres— para su secado. En ocasiones, para agilizar el proceso, se colocaba éste cerca de la lumbre, con el fin de ir luego descachizando los orizus, o lo que es lo mismo, desorizando las castañas de su envoltura natural. Una operación simple, que en la obra de José María de Pereda, El sabor de la Tierruca (1882), lleva a cabo una moza que descachizaba los erizos de las castañas con los tacones de sus zapatos, en la minuciosa narración de una magosta en el barrio de Cumbrales (Polanco). El ingenio popular de algunos valles cántabros fue capaz de crear unas tenazas de madera, llamadas esconchos en los valles de Cabuérniga y del Nansa, para romper los erizos cuando estaban verdes.

Magosta popular en el pueblo de San Mateo (valle de Buelna) en el año 2005. Foto cedida por Asociación Rebujas.

El castaño, que habitualmente mostraba altivo su porte por las camberas cántabras, se convirtió en una fuente de ingresos económicos para la gente humilde de las zonas rurales, mediante la recolección y venta de sus frutos. Aunque también el propio frutal sacó de muchos apuros a los lugareños, ya que su madera —muy apreciada por los ebanistas y carpinteros locales para la fabricación de muebles— llegó a valer un dineral, provocando que un gran número de ejemplares fueran talados. Actualmente, se conservan antiguas arcas, llamadas huchas o juchas montañesas, acabadas en madera de castaño. Incluso antaño, la borona —pan de maíz—, se cocía envuelta en hojas de castaño en el rescoldo del llar.

Dentro del catálogo de los árboles singulares de Cantabria, destacan una serie de emblemáticos castaños. Algunos milenarios, como el imponente «La Narezona», auténtica reliquia viviente y situado en Ojedo, de más de once metros de altura. Está considerado, junto al desaparecido «El Abuelo», del barrio lebaniego de La Parte, en Pesaguero, como el castaño más viejo de Cantabria. Este último murió en el año 2007, estaba localizado en la castañera del monte Canales y alcanzaba una altura de 25 metros. También conocido por los vecinos como «El Castañalón», su monumental tronco, en el cual cabían varias personas juntas, estaba abierto y ahuecado. En la misma castañera de Pesaguero vive el gigantesco castaño conocido como «El Bisonte», y aunque es más joven que los citados anteriormente, tiene varios cientos de años.

No debemos olvidar el par de impresionantes castaños que tienen sus raíces en Pollayo, en Vega de Liébana, que se alzan imponentes en el cielo a más de 20 metros sobre el suelo.

Aunque no sólo Liébana acoge maravillosos ejemplares de castaños. También el valle de Cabuérniga es rico en estos árboles. Cerca de las antiguas escuelas de Terán se encuentra su famosa castañera, que atesora varios ejemplares centenarios, entre ellos los conocidos popularmente como «El Avión» y «La Olla».

La zona oriental de Cantabria aloja el llamado «Castañón de los Venero». Su hábitat se sitúa frente a la fortificación medieval tardía de la Torre de Venero, una sobria fortaleza defensiva construida entre los siglos XIII y XIV en la localidad de Castillo (Arnuero). Igualmente, el pueblecito de Sobremazas (Medio Cudeyo), en el corazón del Barrio de Rioz, acoge un antiguo castaño de más de 14 metros de altura, con una edad estimada de unos 800 años.

Para finalizar este recorrido por los castaños singulares que habitan la geografía cántabra, destacamos el situado en el municipio de Selaya. Erguido en la huerta de la finca La Torre, bajo sus 18 metros conserva un magnífico porte y una amplia copa.

Magosta en Villanueva de 26 de diciembre de 1915. Foto: Colección Roberto Diego Romero.

Tras la llegada del melancólico otoño, que deja su huella en los bosques cántabros otorgando a sus suelos un tapiz multicolor de hojas secas, siempre resulta placentero adentrarse en la naturaleza con el ilusionante objetivo de atropar castañas. Algunas son chiquitinas, pero muy sabrosas: son las conocidas como errinas o jerrinas; otras son las llamadas escalentías, las más tempranas y las que antes maduran junto a las mayucas; mientras que las más tardiegas de asomar son las verdejas; a veces son bastante grandes, las denominadas berruecas, aunque cuando nos topamos con castañas de tamaño superior a éstas se dice que son del tipo galicianas, pero si encontramos unas enormes, tendremos ante nosotros las llamadas mendrugas; las de aspecto redondo suelen ser las vizcaínas; y las que al quitar el erizo salen ruines se las llama zapatunas.

El polifacético Hermilio Alcalde del Río hacía referencia a las castañas que brotan primerizas del árbol en el capítulo «A apañar castañas» de su obra Escenas cántabras, publicada en 1914: «Joselín, tráete p’acá la cesta, que embaju d’esti castaño está el suelo regao d’escalentías».

La magosta cántabra es una tradición ancestral cuya raíz se pierde en la lejanía de los tiempos. Un rito sencillo donde los protagonistas son el castaño y su fruto: la castaña. Una celebración de carácter social, donde los mozos del pueblo asaban las deliciosas castañas al calor del fuego de una buena lumbre alimentada por la hojarasca desprendida del propio castaño, o con un buen acopio de escajos secos, hierbajos, rozo, leña o carbón. Realmente, valían todos los tipos de castañas que hemos mencionado anteriormente, excepto las escalentías, que por ser las primeras en madurar, se consumían antes; y las jerrinas y zapatunas, que por su pequeño volumen no eran aptas para el asado. También se ha relacionado la magosta con la comida funeraria de la noche de Difuntos del 31 de octubre, limitando la cantidad de castañas que se podía comer esa noche al número de almas que se quería liberar del purgatorio. Incluso la superstición de esa jornada nocturna de culto a los difuntos obligaba a dejar una buena ración de castañas para ellos.

Antaño era costumbre que las generaciones de mozos de los pueblos cántabros compraran a escote las castañas para hacer la magosta, añadiendo al festejo popular un buen vino, anisete, bizcochos y hasta pasteles caseros. El ceremonial más tradicional de la magosta en Cantabria solía tener su liturgia en un amplio prau, donde, tras colocar unos cuantos troncos cruzados —dejando el hueco necesario para encender el fuego—, se colocaba una gruesa capa bien trenzada de rozo y helechos, y sobre ella las castañas, tras haber sido previamente cortadas un poco en un extremo con la navaja o el cuchillo, para que no saltasen o explotasen. Encima de éstas, una nueva capa de rozo y otra de castañas sobre ella. Y así sucesivamente hasta agotar las castañas, cerrándose la torre formada con más rozo y unas piedras para mantener la presión de la combustión.

Antiguo tamboril de hierro para asar castañas. Colección del Museo Etnográfico de Cantabria.

Otras veces se colocaban las castañas haciendo un círculo en una zona llana, tapándose éstas con helechos secos, que se van renovando según se queman, hasta que los frutos quedan asados por ese lado. Después, tras retirar la ceniza, se los da la vuelta, repitiendo esta operación hasta que se asen igualmente por ambos lados. En algunos valles cántabros, usaban un pequeño aparato cilíndrico de hierro, llamado «tamboril», para asar las castañas.

El escritor costumbrista de Sopeña, Delfín Fernández, narró así la magia que desprende la magosta:

[…] elevándose a las nubes dos columnas de humo que partían de los extremos del prado, y al mismo tiempo cayeron en las hogueras de que procedía aquel humo dos montones de castañas, haciendo que infinidad de chispitas volaran un instante […].

El ritual de la magosta se desarrollaba en un ambiente festivo, entre canciones interpretadas al son de la pandereta, grandes risotadas y animados bailes. Pero ojo, nunca había que descuidar el fuego, para evitar que se pudiesen quemar las castañas. El truco estaba en evitar colocar las llamas directamente sobre el fruto, consiguiendo así su asado a fuego lento. Cuando ya estaban listas para su degustación, había que retirarlas de la lumbre y taparlas para que sudaran. Luego, más frías, llegaba el ordenado reparto del manjar, primero a los miembros del concejo, luego los más viejos del pueblo, siendo los últimos los mozos, las mozas y los críos. Incluso era habitual ver jugar a los más chiquillos al marro, u observar cómo algunos glotones se quemaban los dedos cuando pelaban las humeantes castañas para comerlas.

Al anochecer, y tras atiborrase algunos de castañas, otros ebrios de vino, pero todos felices, iniciaban las mujeres el regreso al hogar y los hombres a la taberna. Sin embargo, ninguno de los presentes en la magosta había olvidado cumplir con la última creencia mágica: «enterrar la bruja». En la fiesta de la magosta cántabra, la superstición popular era que la bruja estaba representada por una castaña, y se elegía la más ruin de todas las asadas, ya que ésa simbolizaba a la bruja, enterrándose a palos después de celebrada la magosta bajo las candentes cenizas de la hoguera todavía humeante, con el propósito de evitar terribles maleficios. No obstante, el temor a la bruja hacía que algunos enterraran una castaña de las mejores.

La historia de algunas localidades de Cantabria está ligada directamente con este fruto seco. Tal es el caso de Castañeda y Coo de las Castañas en el valle de Buelna, hoy llamado sólo Coo, pero con un pasado marcado por la interrelación entre el hombre y los apreciados castaños, que se ve reflejada fielmente en el siguiente dicho popular: «Soy de Coo y vengo de Coo, el pueblo de las castañas. Mucho me gustan cocidas, pero mucho más asadas». La magosta es hoy una tradición que se comparte en todos los rincones del valle de Buelna. Pueblos magosteros como Somahoz, Barros, San Mateo, Los Corrales de Buelna, Coo y San Felices de Buelna han unido fuerzas actualmente, organizando un calendario común de magostas populares durante los meses de octubre y noviembre. De entre todas ellas destaca, por su originalidad, la fiesta de la Magosta de Coo, siendo allí típico que las mujeres del pueblo repartan las «carboneras» —dulces elaborados a base de chocolate y castañas, con forma de trozo de carbón—. Son un homenaje a las mujeres mayores del pueblo que iban cada día a llevar la comida a sus maridos que trabajaban en el joyu (hoyo) del monte, produciendo carbón vegetal. Eran ellas, además, las que después cargaban los pesados sacos de carbón y los llevaban hasta los pueblos limítrofes para su venta.

Para finalizar, hacemos un guiño a la sabiduría popular de las gentes de Cantabria, que cuando llega la abrigá —temporada de varios días donde reina el ábrego—, su furia suele tirar las castañas de los árboles y aviva demasiado el fuego para asarlas, con lo que se dice: «Si hay abrigá, barata es la magosta».

Titulo: La magosta, una tradición muy viva en Cantabria…
Autor: Pedro Luis Madrazo.
Fuente: Revista Los Cántabros Nº 14 – 2017.
Tamaño: 4,32 MB.
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2019-10-14T18:46:57+00:00 Actualizado: 14 de octubre, 2019 @ 13:06 | CANTABRIA|