CAPÍTULO 6 / Odriozola y la recuperación de la vieja toponimia de Picos
Por José Ramón Saiz Fernández

José Antonio Odriozola no perdió nunca el tiempo en sus frecuentes salidas por Picos de Europa. Su organización personal y su método de trabajo, le llevó a que en cada incursión por el impresionante macizo llevara siempre a mano bolígrafo y bloc de notas para reflejar sus impresiones y recabar la opinión de los lugareños sobre los nombres de sus cumbres, veredas, caminos y otros datos geográficos y físicos de interés. Fue así como Toño Odriozola realizó su concienzudo y laborioso trabajo sobre la toponimia de Picos de Europa, investigación sobre el terreno que se editó en 1980, aportando estudios y conclusiones que representan una referencia de obligada consulta para conocer a fondo la materia (1).

Nadie mejor que él –con otros expertos en la investigación– comprobó in situ hasta que punto la antigua toponimia de Picos venía siendo maltratada por la práctica totalidad de los autores que, de un modo u otro, se acercaron al conocimiento de algún aspecto de estas montañas. Y, por ello, el conocimiento de los nombres de muchos lugares de Picos es, hoy en día, parcial y, en muchos casos, incorrecto: los errores se han ido acumulando de unos autores a otros hasta el punto de ser aceptados por una gran mayoría, por lo que se van reproduciendo de una obra a otra sin ningún sentido crítico (2).

Antes de entrar en el análisis de la toponimia de Picos a raíz de las investigaciones de Toño Odriozola, debemos mencionar que a caballo entre Cantabria, Asturias y León, se alza majestuoso uno de los mayores prodigios geológicos del viejo continente: los Picos de Europa, un imponente macizo calizo que se levanta hasta más allá de los 2.600 metros de altura, situado a apenas veinticinco kilómetros del mar. Una espectacular concentración de montañas que se apiñan en treinta kilómetros de largo por quince de ancho, cuya fisonomía y verticalidad no tiene nada que envidiar a macizos como Pirineos o Alpes.

Sobre el origen de este nombre de Picos de Europa existen numerosas teorías. Tradicionalmente se ha asociado el origen de su toponimia al hecho de que supuestamente era la primera tierra europea que los marineros y gentes de mar divisaban al venir de América, aunque este supuesto no es compartido por muchos investigadores. Sin embargo, otras hipótesis sugieren que la denominación viene por la sorpresa que para los visitantes de la península suponía encontrar estos enérgicos farallones calizos en los confines de Europa, o bien acuñada por los peregrinos centroeuropeos a Santiago de Compostela, que habrían denominado así a estas montañas por su parecido con los Alpes.

Se atribuye a Casiano de Prado y Vallo (1797-1866) la idea de que estas montañas sean conocidas por el nombre de Picos de Europa al ser sus alturas la primera tierra que se divisaba sobre la bruma de la costa del occidente cántabro. Estos navegantes comenzaron así a llamarlos Picos de Europa, denominación que se fue normalizando en el siglo XIX hasta que definitivamente se adoptó este nombre. Sea como fuere, la realidad es que se desconoce a ciencia cierta la razón de su nomenclatura, máxime si tenemos en cuenta que los habitantes de las comarcas próximas les llaman y conocen tradicionalmente por los Picos.

Con el área de los Picos de Europa se suele identificar el Mons Vindius (del céltico vindos = blanco) de las fuentes clásicas, donde los cántabros y astures pensaban que «antes subirían las aguas del océano que las legiones de Roma» (3). Desde la visión historicista cántabra conviene recordar que el Vindio siempre representó una denominación histórica de un monte perteneciente a la cordillera Cantábrica, si bien su situación geográfica siempre fue discutida.

Los historiadores señalan que entre los siglos II y I a.C. llegaron los pueblos celtas. Antiguos pobladores de estas montañas, eran un pueblo propenso a divinizar los fenómenos y elementos de la naturaleza, siempre distinguido por su valor en la lucha. El Mons Vindius era su Dios, al que veneraban, que no era otro que el Monte Blanco, haciendo alusión a las blanquecinas peñas calizas que asoman de los macizos central y occidental. Abrigados por su dios de Piedra, astures y cántabros eran invencibles en las contiendas hasta que el propio emperador, César Augusto, tuvo que ponerse al frente de las legiones imperiales para conseguir la pacificación tras diez años de luchas internas.

Algunos historiadores han llegado a identificar los Picos de Europa con el legendario Vindio en el que, según el cronista romano, Lucio Anneo Floro, los cántabros se refugiaron de las legiones romanas (4). Un lugar que, según Floro, era tan inaccesible que hasta los propios cántabros se sentían seguros al pensar que en su cima estaban a salvo de las tropas imperiales (5). Otras hipótesis señalan su ubicación en los Picos de Europa basándose en el significado del término Vindio (blanco) y relacionándolo con las cimas nevadas del citado macizo, aunque también se especula con la posibilidad de que el monte hiciera referencia a la Cordillera Cantábrica en todo su conjunto. De nada sirvió, pues según Orosio los nativos fueron asediados por las tropas romanas que penetraron a través del valle del Cares y Duje (6). La resistencia fue inútil. En el otoño del año 25 a. C. una buena parte de los cántabros habían perecido de inanición y frío.

Siete siglos después –en el discurrir del año 711– llegaron los árabes y de nuevo las peñas brindaron su protección a los lebaniegos. De esta forma, don Pelayo, con un reducido ejército, consiguió vencer al ejército musulmán, entre aquellos bosques y macizos rocosos, en la famosa batalla de Covadonga (s. VIII) y la que siguió en las faldas del Monte Subiedes, en Los Llanos de Camaleño (7). Se había iniciado un proceso que duraría más de seiscientos años y que se conoció como la Reconquista. En cuanto a la Edad Media tomaron protagonismo las iglesias y monasterios, se fundaron pequeños pueblos y se construyeron caminos entorno a Picos, especialmente en la comarca lebaniega (8).

No obstante, existen referencias documentales que ayudan a descifrar este interrogante si partimos de que como Montañas de Europa fueron citadas por Ambrosio Morales, cronista de Felipe II, en 1572 y Fray Prudencio Sandoval, en 1601, las denominó Peñas o Sierras de Europa, al igual que el portugués Rodrigo Méndez Silva, el padre Gregorio de Argaiz, el jesuita Luis Alfonso de Carballo y el historiador cántabro de Puente Arce, monje benedictino, Francisco de Sota (9). Buscar, por tanto, los orígenes del nombre de Picos de Europa no parece tarea fácil si tenemos en cuenta que han sido necesarios trescientos millones de años para que este gran macizo montañero –tras plegamientos y glaciaciones–presente su actual topografía.

Odriozola descubrió a través de Luz de Liébana lo que un viajero inglés publicó en The Alpine Journal, de Londres, en noviembre de 1872: «Los Picos caen tan a plomo sobre los valles, y con desnivel tal, que parece mentira que tengan menos de 3.000 metros de altura. El interior está formado por un laberinto de depresiones –“hoyos”– separadas entre sí por crestas erizadas de agujas», añadiendo sus referencias a los desfiladeros entre los que destaca el «más audaz, el de Cillorigo, por el que el Deva se escapa de Liébana hacia el norte, superando en muchos aspectos a todo lo que he visto en los Alpes, donde no hay ninguno tan largo (tiene unas 15 millas), y en casi todo su recorrido las rocas se alzan como paredes a ambos lados, coronando el conjunto fantásticos pináculos y agujas que parece van a desplomarse sobre el viajero al menor soplo…». En su artículo, Odriozola manifestaba su interés –que trasladaría a Liébana en proyectos como el del teleférico– por la industria hotelera suiza con todo su complemento de vías de comunicación, teleféricos, telesquís, asociaciones de guías, equipos de socorro y todo el sin fin de organizaciones encaminadas a sacar el partido posible de las cimas y paisajes alpinos. En el fondo, expresaba su programa a seguir en Liébana con la majestuosidad y grandeza de sus Picos.

Un papel importante juega en este tiempo la cartografía que, como bien es sabido, ha evolucionado muy notablemente, siendo fácil actualmente encontrar mapas precisos de casi cualquier macizo montañoso del mundo. Los Picos de Europa, de reducido tamaño y moderada altitud, pero con una orografía compleja y difícil, ha sido también objeto de diversas representaciones cartográficas a lo largo de la historia montañera en ellos acaecida. Aunque este murallón se presenta modesto en extensión, aparece rico en número de cimas y picos, contándose catorce por encima de los 2.600 metros, cuarenta de más de 2.500, y prácticamente doscientos cincuenta que superan los 2.000 metros de altitud.

Además de los nombres del Conde de Saint Saud, Casiano del Prado y Guillermo Shulze en sus estudios sobre los orígenes de Picos de Europa, el gran impulsor de la cartografía moderna de Picos fue el cántabro de Espinama, ingeniero, presidente de la Federación Española de Montañismo durante una década y vicepresidente de la Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo (UIAA), José Antonio Odriozola Calvo, a quien debemos el descubrimiento moderno –minucioso y prolijo en datos– del impresionante macizo.

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