CAPÍTULO I / Los lazos sentimentales cántabros del hidalgo Lope de Vega
Por Pedro L. Madrazo

La sociedad española del siglo xvi obedecía a una estructura rígida y estamental, dividida en nobleza, clero y estado llano. En este marco social general, todos los originarios de lo que se llamaba La Montaña, es decir, los territorios del norte peninsular que no habían estado en poder de los musulmanes, eran hidalgos, aunque generalmente de escasa fortuna. Esto hizo que la mayor parte de la población de Cantabria entrase en la Edad Moderna disfrutando del estatus de hidalguía, lo que les hacía pertenecer a la nobleza de la sangre, con los privilegios que tal condición implicaba en aquella época, aunque en la hidalguía montañesa apenas sí se encuentran, en el siglo xvi, títulos nobiliarios y de caballero.

La inmovilidad social de aquel tiempo en España se ponía de manifiesto, de manera evidente, en la distinción entre los nobles hidalgos y los plebeyos, conocidos popularmente por «pecheros». Los hidalgos cántabros se diferenciaban de los del resto de la nación porque no les quedaba más remedio que llevar una vida dedicada a toda clase de profesiones manuales. Algunos incluso agudizaron su ingenio y desarrollaron habilidades que les hicieron ser demandados en otros lugares de la Península, con trabajos que los alejaban de sus supuestos privilegios de cuna. Sin embargo, de acuerdo con la mentalidad y los usos sociales del Siglo de Oro, lo cierto es que a los oriundos de Cantabria, León, Asturias y el País Vasco se les consideraban hidalgos y cristianos viejos sin reticencias, y sin necesidad de probanzas ni ejecutorias, aunque muchos de ellos fueran pobres de solemnidad.

Tal fue el caso de Félix de Vega, padre de Lope y bordador de oficio, pero hidalgo de solar, una labor que era tenida por un «arte liberal», compatible con la hidalguía y la honra, y, sobre todo, propio de cristianos viejos, ya que el abolengo montañés garantizaba pureza de sangre sin contaminación mora o judía. Don Félix nació en el pueblo de La Vega, en el valle cántabro de Carriedo, lo cual le situaba en una posición inmejorable para gozar del honor y la consideración de tal origen. Ese abolengo significaba poseer un salvoconducto inequívoco para moverse cómodamente por aquella España llena de recelos y prejuicios, y para encontrar abiertas las puertas de los palacios, las iglesias y la misma Corte. Félix de Vega estaba casado con Francisca Fernández Flores —o Francisca del Carpio, como se la llama en otras ocasiones—, y entre sus parientes había alguno tan influyente como Miguel del Carpio, inquisidor en Sevilla. El propio Lope de Vega se referiría a sus antecedentes familiares diciendo: «Nací hombre de bien, de un pedazo de peña de la Montaña».

Un Félix de Vega que plasma su religiosidad en su vocación de poeta frustrado, como así nos lo transmitió su hijo:

 

…Mas si Félix de La Vega no la tuvo,

basta saber que en el Parnaso estuvo,

habiendo hallado yo sus borradores.

Versos eran a Dios, llenos de amores.

No eran tan crespos como ahora y tersos,

ni las musas tenían tantos bríos;

mejores me parecen que los míos.

 

La gente humilde recibió con entusiasmo los requisitos sobre la limpieza de sangre demandados por aquella decadente sociedad del siglo xvi. Ellos no tenían nada que perder. Los conversos no se habían mezclado con ellos, sino con la aristocracia y la burguesía. El pueblo llano descubría, de pronto, que tenía un motivo para sentirse orgulloso. Estando en lo más bajo de la escala social, alardeaban, altaneros, al mirar por encima del hombro a muchos otros de mayor posición y riqueza, pero manchados con el estigma de un antepasado judío o un pariente converso. Ser limpio de sangre —descendiente de cristianos viejos, sin mezcla alguna de judío, de moro o de hereje— era un honor del que otros más pudientes económicamente o nobles no podían presumir. La nobleza poseía honra y virtud heredadas de su linaje; en cambio, los pobres tenían algo más valorado por la sociedad de aquella época: la pureza de sangre.

[…]