CAPÍTULO VI / Beato de Liébana en la cultura de su tiempo
Por José Ramón Saiz Fernández

UN MONJE LEBANIEGO MUY SINGULAR

Uno de los grandes personajes de la Alta Edad Media en el ámbito monacal fue Beato de Liébana que alcanzó un protagonismo especial en el último tercio del siglo VIII, unas décadas después de que Liébana fuera el territorio central en el comienzo de la Reconquista y en los primeros pasos de la incipiente Monarquía cántabra, que aportó la primera dinastía al naciente reino. Un documento del año 826 se refiere a una donación al abad Lavi de la iglesia de San Esteban de Mieses, en cuya carta aparece al final el nombre de «Beatus Nonitus Presbiter».

Liébana, ya cristiana desde el siglo IV, comenzó a poblarse de centros monacales, entre los que sobresale el Monasterio de San Martín, hoy Santo Toribio, cabeza espiritual en un tiempo que coincidió con la vida y la acción de Beato de Liébana, quien desde el escritorio lebaniego realizó una intensa labor intelectual que trascendió con creces a sus fronteras en los veinte años que transcurrieron entre el 770 y el 790, medio siglo después de que Liébana se proyectara como el primer foco de resistencia, al tiempo que centro de religiosidad y de cultura tras acoger a muchas gentes que llegaban huyendo, en especial del mundo de la nobleza y de la iglesia del derrotado reino visigodo.

Los investigadores discuten, todavía, si se trata de un lebaniego de origen o de un eclesiástico, tal vez de Toledo, refugiado en aquella comarca con sus libros y, probablemente, con unos cuantos compañeros, con motivo de los planes de repoblación emprendidos por el rey Alfonso I, cuando Liébana y otros territorios vecinos comenzaron a recibir gentes que huían de la invasión árabe.

Pero ¿quién fue realmente Beato de Liébana? Es muy poco lo que sabemos de la vida de Beato. Por no saber, ignoramos cuándo nació, aunque se supone que debió ser en torno al año 730, falleciendo hacia el año 804, lo que tampoco es mucho conocer. Todo indica que nació en Liébana o, al menos, allí vivió la mayor parte de su vida. Él se consideró desde luego lebaniego, aunque no se sabe si nació allí de padres cántabros o, como suponen otros, llegó al fortín lebaniego siendo niño, traído con otros muchos por Alfonso I tras alguna de sus victoriosas campañas contra el sur islámico orientadas a crear entre la comarca de los Picos de Europa y al-Ándalus una tierra de nadie, el famoso desierto estratégico (1). Pero también se especula con su presencia atraído por la reliquia de la Cruz en la que murió Cristo que se custodiaba en el cenobio lebaniego.

El historiador Sánchez Mariana destaca de sus investigaciones que el primero que se ocupó de Beato con carácter erudito, en el siglo XVI y con gran sabiduría y perspicacia, por cierto, fue Ambrosio de Morales, quién indica en su obra: «Estava a esta sazón en aquellas montañas de Liévana…un sacerdote muy docto en letras sagradas llamado Beato, ayudábale en la controversia con el arzobispo de Toledo el obispo de Osma, Eterio… que avían sido siempre grandes amigos..». Esta es otra confirmación del origen lebaniego de Beato, que se hubiera formado en los libros que los mozárabes traían consigo como un tesoro al emigrar al reino astur-cántabro desde la España árabe. Otros le identifican como un huido a las montañas cantábricas.

A Liébana llegaron con motivo de los exitosos resultados de las razzias del cántabro Alfonso I un buen número de cristianos mozárabes que repoblaron la comarca, justificándose su traslado precisamente a Liébana por tratarse de la tierra de la que era originario el monarca, hijo del duque Pedro. «Oriundo de ella», afirma García Toraño, historiador asturiano, asumiendo la raíz cántabra de quién fue el gran rey de las primeras décadas de la Reconquista. Esta presencia mozárabe a partir de los planes de repoblación del monarca cántabro Alfonso culminó inicialmente –ya en tiempos de Alfonso II el Casto– con la construcción en Lebeña, en torno al año 930, de la iglesia de Santa María, que a diferencia de las asturianas que eran de planta de cruz latina, de brazos desiguales, el estilo mozárabe se acomoda a la planta de cruz bizantina, de brazos iguales aunque aquí no enteramente, con bóvedas de cañón de diferente altura.

Monje y presbítero, experto teólogo del monasterio de San Martín, es muy probable que ejerciera de abad del cenobio, como afirma su contemporáneo el monje Alcuino de York, consejero y maestro de Carlomagno, con quien impulsó el estudio de las artes y las ciencias en el centro de Tours, junto con otros sabios que el emperador había reunido en su corte.

En este contexto resalta la figura de Beato de Liébana que vivió en la segunda mitad del siglo VIII y acaso en los primeros años del siglo IX, en el monasterio de San Martín de Turieno. Fue un personaje de gran cultura, que en aquel monasterio escribió los Comentarios al Apocalipsis de San Juan, que dos siglos después sirvieron de inspiración a monjes mozárabes para sus ilustraciones, dando lugar a un capítulo importante de la historia de la miniatura. Pero lo verdaderamente destacable es que fue, además, el primero en registrar la presencia del apóstol Santiago en España, como aparece en su himno litúrgico O Dei Verbum (2).

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