CAPÍTULO V / Reyes de la indómita Cantabria: el tronco familiar del duque Pedro
Por José Ramón Saiz Fernández

El 7 de abril de 1916 la Real Academia de la Historia, reunida en junta, aprobó un informe, no suficientemente difundido, sobre el origen de la Monarquía Española. Este informe –de cuya elaboración ha transcurrido un siglo– asume la práctica totalidad de las conclusiones recogidas en la obra de Armando Cotarelo, premiada por la institución académica, sobre el rey Alfonso III el Magno, descendiente directo del duque Pedro de Cantabria. Tras Pelayo y su hijo, Favila, los sucesivos reyes salieron del tronco familiar de los hijos del duque Pedro, Alfonso y Fruela, este último no debe confundirse con Fruela I, hijo de Alfonso I el Católico y Hermesinda. Fruela, segundo hijo del duque Pedro, no fue rey pero sí algunos de sus descendientes directos, caso de los reyes Aurelio, Vermudo, Ramiro I, Ordoño I y, finalmente, Alfonso III, último monarca del llamado Reino de Asturias.

En el análisis y conclusiones de toda la investigación realizada que exponemos, de principio a fin, en las páginas de este libro, hay que partir de un hecho incuestionable y es que nos referimos a los «siglos más oscuros de la Edad Media», un tiempo en el que como bien señala en su informe la Real Academia de la Historia «escasean los documentos y abundan las fábulas, apareciendo a los ojos de la crítica como una nebulosa de la historia patria, confusa y copiosa aglomeración de hechos políticos, militares y religiosos, de los cuales debía salir una nueva sociedad ibérica y una vasta monarquía cristina, asentadas sobre la tierra removida por siete siglos de batallar contra el ímpetu y las devastaciones de las incesantes irrupciones de las tribus musulmanas».

Entre las páginas VII y XIX de la obra de Armando Cotarelo Valledor (1) sobre Alfonso III el Magno, se incluye un dictamen –de fecha 4 de abril de 1916, aprobado unánimemente por la junta celebrada tres días después– firmado y ratificado por los académicos José Ramón Mélida Alinari (1856-1933), Manuel Perez Villamil (1849-1917) y Gabriel Maura y Gamazo (1879-1963). Dos conclusiones ya avanzamos del referido informe: que los orígenes del Reino hay que buscarlos en la indómita Cantabria y que triunfa la línea del duque Pedro sobre la de Pelayo en la genealogía de los primeros reyes de la Reconquista.

El aval de la Real Academia de la Historia es concluyente al afirmar que «el autor de la obra que examinamos demuestra desde su introducción que no ha carecido de ninguna de las cualidades inherentes a un buen historiador, ni ha perdonado sacrificio ni trabajo para llevarlo a cabo con todos los recursos de la erudición y de la crítica modernas» (2). Defiende y acepta la Real Academia de la Historia en su dictamen, dos de las conclusiones que el historiador Cotarelo argumenta en su obra:

«Los orígenes de esta nueva dinastía deben buscarse en la indómita Cantabria… y el verdadero tronco de los antiguos Monarcas de la Reconquista fue Pedro, Duque de Cantabria» (pág. XI).

El informe de la Real Academia de la Historia hace suyas las conclusiones de Armando Cotarelo al reafirmar la genealogía de la Monarquía cántabro-astur que nació en Liébana y se extendió hacia las zonas liberadas de Asturias, recogida de los antiguos cronicones y de historiadores arábigos, «oponiéndose vigorosamente» a las conclusiones de otros historiadores como Pellicer, Mondéjar y Masdeu (3). Además, el informe sintoniza plenamente con las conclusiones de Cotarelo, al señalar que con «oportunas citas y con fundadas razones procura desmentir el origen visigótico» de los reyes que surgieron tanto del tronco común de Pelayo y Pedro, como en exclusiva de este último. Subraya que «el cronista Sebastián, por adulación sin duda a Alfonso III, quiso acreditar, pero que carece de fundamento sólido», refiriéndose al entronque con los monarcas visigóticos. Y es, a continuación, donde el informe señala que «los orígenes de esta nueva dinastía deben buscarse en la indómita Cantabria».

La Real Academia de la Historia avala, además, el procedimiento seguido por Cotarelo para alcanzar las conclusiones señaladas: «exprimir los escasos recursos epigráficos y paleográficos que perseveran de tan remotas fechas;     coordinar las descarnadas memorias de los cronicones y anales, tanto cristianos como arábigos, procurando completarlos mutuamente, suplir su desesperadora brevedad con las conquistas de la erudición moderna, e insertar el relleno de sus lamentables y harto frecuentes huecos mediante el auxilio de todo linaje de fuentes…», representó, en general, el propósito del autor, Armando Cotarelo, para la elaboración de su obra cumbre sobre Alfonso III el Magno.