CAPÍTULO III / Liébana, el refugio de Pelayo
Por José Ramón Saiz Fernández

VINDICACIÓN DEL PAPEL HISTÓRICO LIEBANENSE

El historiador Claudio Sánchez-Albornoz (1) escribió que tras la invasión árabe, los habitantes del territorio de los cántabros «que con su independencia habían conservado un régimen social antagónico al de los visigodos, donde los hombres libres eran mayoría y las diferencias de clase eran mínimas», comenzaron a protagonizar un nuevo capítulo de la historia, como ya hicieron frente a los romanos. Aislados del mundo por el cerco de los árabes, tras lograr frenar los ataques musulmanes con sus propias fuerzas, lograron salir del exiguo territorio que controlaban –la Liébana y algunas tierras más del Ducado de Cantabria–, con la ampliación de sus fronteras en el reinado de Alfonso I, hijo mayor del duque Pedro de Cantabria.

Asume Sánchez-Albornoz que «en la antigua Cantabria romana, nació el primitivo reino astur», afirmando que el fenómeno histórico de la Reconquista surgió de los mismos territorios que defendieron su independencia frente a los visigodos, y seguían luchando por ella cuando en el año 711 se produjo la invasión árabe.

En aquella Cantabria, el país de Liébana alcanzó un protagonismo especial no solo como reducto guerrero, sino también cultural e intelectual con Beato de Liébana, cuya vida transcurrió en las últimas décadas del siglo VIII. Fue Liébana, además, la más antigua de las grandes comarcas que aparecen en la documentación histórica, al ser mencionada en una escritura del 818 procedente del Cartulario de Samos y en un documento del Cartulario de Santo Toribio correspondiente al año 831, en el cual se menciona de manera expresa el territorio liebanense.

Ese protagonismo de Liébana es subrayado por el historiador Bernardino Martín Mínguez cuando escribe: «Liébana, esta glorísima región, fue la primera en alzarse contra los mahometanos. El primer grito de independencia, dado entonces, a Liébana pertenecía. Pelayo había nacido allí y estaba en aquellas riscosas montañas» (2). Un apunte que proyecta este especial protagonismo de Liébana centrado en que un cántabro, Alfonso I, fue el primer monarca que salió de las exiguas fronteras del reino, con capital en Cangas de Onís, para combatir a los invasores.

Por su parte, el historiador Stanley George Payne (1934) señala que las únicas regiones de la Península a las que prácticamente no llegó la invasión islámica fueron las montañosas del norte, regiones que nunca habían estado totalmente integradas en ninguna de las anteriores comunidades hispanas, ni bajo el dominio romano ni con los visigodos. Afirma Payne que «pequeños grupos de cántabros e hispanovisigodos opusieron resistencia a la invasión musulmana refugiados en las zonas más inaccesibles de Asturias y el oriente de la cordillera, donde había estado en precario el Ducado de Cantabria durante el reinado visigodo» (3). Finalmente, el historiador destaca que en el año 739 los jefes militares cántabros y astures eligieron como sucesor a Alfonso, hijo del duque Pedro de Cantabria, definido como el «primer monarca del naciente reino». Todo aconteció inicialmente en la Liébana en la que unos años antes habían encontrado refugio Pelayo –que en poco tiempo se convirtió en un jefe local– alentado por numerosos seguidores.

Sin embargo, ha sido una constante en los últimos tres siglos una cierta monopolización asturiana sobre hitos históricos ocurridos en territorio cántabro y protagonizados por cántabros, resultado del apoyo que la historiografía asturiana recibió de una nobleza influyente en su época. El historiador Abel Alonso de la Bárcena en uno de sus artículos de la polémica entre historiadores asturianos y cántabros –que acogió en sus páginas el bisemanario torrelaveguense El Cántabro, con el título «¿En dónde nació Pelayo?»– lamentaba que Liébana no hubiera contado con las suficientes aportaciones para que se velara por su historia, como denunció en estos términos:

«Liébana está sembrada de históricos recuerdos y en el corazón de los lebaniegos está grabado con caracteres indelebles, por la tradición, que aquí es la Patria del restaurador de España; y por más que no haya habido para Liébana una mano benéfica, cual la de los señores Duques de Montpensier para Asturias, que por medio de obeliscos patentizase y perpetuase la memoria de los heroicos hechos aquí sucedidos, haciendo parar al viajero para contemplarlos; sin embargo, a los moradores de este país, jamás se nos borrarán, pues tal es la convicción que tenemos de la tradición histórica de nuestros mayores» (4).

Pereda de la Reguera se atrevió a romper acostumbrados mitos que, desde el primer momento, situaron a Pelayo «en tierras de astures, olvidando que allí donde luchó, Covadonga y Liébana, eran territorios de la antigua Cantabria» (5). La razón en la que sustenta esta tesis se basa en que los territorios de astures y cántabros estaban delimitados por el río Sella, no existiendo noticia que permitiera suponer que en la hora anterior a la invasión musulmana existiera ninguna relación de alianza entre ambos pueblos, ni variación en sus asentamientos territoriales. No es preciso insistir que tanto la capital de reino, Cangas de Onís, como el lugar de Covadonga se encontraban dentro de los límites territoriales de la antigua Cantabria.

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