CAPÍTULO II / El «Pacto» de Cosgaya
Por José Ramón Saiz Fernández

Corría el segundo mes del 717 cuando el duque Pedro de Cantabria, con su hijo Alfonso, aún joven pero valiente y bien adiestrado con las armas, acompañados de una partida de guerreros, iniciaron un incierto viaje hacia las tierras agrestes de Liébana para encontrarse con Pelayo, a quien el titular del Ducado de Cantabria conocía y del que tenía noticias de su liderazgo que le habían llegado de gentes leales que se pusieron a sus órdenes tras conocer el alcance de la invasión árabe. Pedro, en sus primeros años de adiestramiento con las armas, se había establecido por indicación de su padre, el duque de Cantabria, en tierras próximas a Liébana para ejercer su mando militar, donde había nacido su hijo mayor, Alfonso (1).

Amaya, la capital de la antigua Cantabria, había caído en dos ocasiones ante los invasores árabes (2), hechos militares que obligaron a nobles visigodos, entre ellos el duque Pedro, a marchar hacia otras zonas libres y, especialmente, en dirección al territorio liebanense (3) con el fin de sumar y concentrar fuerzas con las que organizar la resistencia.

El nombre de Amaya aparece con motivo de las guerras cántabras contra Roma, cuando el emperador Augusto tuvo instalado en sus proximidades un campamento que sirvió de base para la campaña. Asentada en lo alto de Peña Amaya, un macizo de 1.377 metros sobre el nivel del mar, situado junto a la localidad del mismo nombre al   noroeste de la provincia de Burgos, contaba con una estratégica situación como vigía y puerta de acceso para cualquiera que deseara acceder a la cordillera cántabra.

Otra mención aparece en la Chronica de Iohannes Biclarensis, en la que se explica que el rey visigodo Leovigildo atacó Cantabria en el año 574 como parte de un plan para acabar con el reino suevo de Galicia; invadió sus haciendas, devolvió la provincia y ocupó Amaya, capital de los cántabros, territorio que sometió a su jurisdicción. Este hecho militar y la predicación de San Millán a los jefes cántabros en Amaya, en el último tercio del siglo VI, son datos que quizás permitan aceptar la pervivencia de viejas estructuras, al menos hasta mediados del siglo VII. De esta manera, mientras existió el Ducado de Cantabria la capital fue Amaya hasta el 714, fecha en que fue destruida por los musulmanes.

Casi con seguridad, a los jefes árabes les interesaba la conquista de Amaya tanto por ser capital del Ducado de Cantabria como el lugar donde se encontraban refugiados guerreros destacados de la corte del rey Rodrigo y, especialmente, porque a su paso por Toledo se habían llevado gran parte del tesoro real que consideraban su botín de conquista. Pero cuando llegaron los invasores, los allí refugiados habían abandonado la ciudad para dirigirse a Liébana. Aunque recuperaron buena parte del tesoro que buscaban, no persiguieron a los cántabros una vez que conocieron que se dirigían hacia Liébana, tierra a la que consideraban abrupta, pobre y aislada.

Hasta mediados del siglo IX, Amaya estuvo bajo el control de las fuerzas musulmanas, siendo liberada por el rey Ordoño I. Los Anales Castellanos Primeros informan que desde Amaya, poderosa fortaleza de los cántabros, se controlaba el acceso a Cantabria y al valle del Pisuerga. En el 859, tras la victoria cristiana sobre Muza en Albelda-Monte Laturce (La Rioja), se produjo su repoblación.

Entre los objetivos del viaje, Pedro de Cantabria buscaba alcanzar una alianza militar con un jefe, Pelayo, que en varios lances ya había demostrado su fuerza y caudillaje en el fortín natural de Liébana donde se encontraba refugiado o como señor natural del territorio, opciones que, sin embargo, no se pueden dar por ciertas ante la falta de fuentes documentales que esclarezcan su situación.

El camino hasta llegar al lugar donde vivía Pelayo no sería fácil, de ahí que el duque cántabro con su hijo Alfonso y el grupo de guerreros que les acompañaron se pertrecharon adecuadamente para iniciar un trayecto de varios días. Había que atravesar montañas, algunas bien conocidas por Pedro y algunos hombres de su máxima confianza, por su tiempo de residencia en Liébana y más tarde, ya como duque de Cantabria, al buscar en ellas refugio tras la caída definitiva de Amaya; sortear valles y, finalmente, atravesar una parte del desfiladero de rocas y las aguas del río, el Deva, nacido en la zona alta de Liébana para, finalmente, llegar al encuentro en Cosgaya, con Pelayo y sus gentes.

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