Introducción
Relevancia histórica de Liébana
Por José Ramón Saiz Fernández

Este libro nace de la necesidad de presentar al conocimiento de quienes tienen interés en el pasado histórico de Cantabria, una serie de hechos o acontecimientos en los que participó el pueblo cántabro en la oscura etapa de la Edad Media, un tiempo en el que los visigodos perdieron el control del territorio nacional que pasó a manos de los árabes y que como respuesta de las gentes de lugares no fácilmente accesibles, como Liébana, dieron como resultado el inicio de la gran operación política y militar de la Reconquista.

En este año 2017 –que representa la 73º edición según los anales eclesiásticos del Jubileo Lebaniego– una figura se hace más universal: Beato de Liébana sobre cuya personalidad en la segunda mitad del siglo VIII se puede leer, no sabemos si por ignorancia o con intención, que fue un «monje asturiano» o, cómo para la Enciclopedia Espasa-Calpe (tomo 7, p. 1.347) fue «abad y escritor español, que vivía en la segunda mitad del s. VIII en Liébana (Asturias)» cuando el nombre de Beato está definido por su vinculación al territorio liebanense, la Liébana, y que sepamos el país lebaniego nunca perteneció a Asturias. Hasta en un periódico editado en nuestra comunidad nos hemos encontrado –no hace muchos años– con esta adulteración interesada sobre el origen de nuestro monje universal. Así, lamentablemente, se sigue divulgando –o más bien difuminando o enterrando– la historia y la cultura de la comunidad cántabra (1).

Importa afirmar que el monje Beato nació –según la tradición– en Aniezo, como una placa lo recuerda en una de las paredes de su antigua ermita. Por algo, insistimos, este monje combativo e intelectual lleva pegado el término «de Liébana», a pesar de la insistencia en dislocar el mismo de la tierra de los lebaniegos (cuyo origen fundamental estuvo en las tribus cántabras de los vadinienses y de los orgenomescos), a los que tanto debe el primer reino de la España actual.

Se trata ésta de otra adulteración de nuestra historia, después de la sufrida entre el siglo XV y el XVIII que apoyada por los historiadores vasquistas con la connivencia de la Escuela de Nebrija, consistió en ocultar el nombre de Cantabria en relación a las guerras frente a Roma, que en ese tiempo se situaron de forma manipuladora en territorio vasco, con la intención de proyectar hacia el antiguo publo de los vascones valores de libertad, independencia y heroísmo que en esa época y en otras encrucijadas escribió con gran sacrificio el pueblo cántabro.

La recuperación de la historia verdadera restituyó para nuestro viejo pueblo aquellos valores de la indómita Cantabria, gracias al exhastivo y riguroso trabajo del historiador agustino Enrique Flórez, que echó abajo las esperpén- ticas tesis que no resistieron su laboriosa investigación y que desde finales del siglo XVIII cuentan con el dictamen favorable de la Real Academia de la Historia.

En la comunidad vecina y en su primer periódico se editó hace unos años un suplemento dominical sobre la historia de la monarquía asturiana. En la promoción de esta novedad editorial se hacía una afirmación incorrecta, tal y como planteamos en este trabajo de investigación: que entre el rey don Pelayo y el Monarca anterior, ha existido una línea de continuidad de trece siglos. No vamos a entrar en esta ocasión sobre el debate en torno a la patria de Pelayo –en los finales del siglo XIX ya se generó una interesante polémica entre historiadores asturianos y montañeses–, por cuanto el rigor histórico nos dice que ni puede afirmarse que don Pelayo fuera astur ni tampoco cántabro; solo Menéndez Pidal se atreve a afirmar que «en ningún caso era asturiano».

Asumiendo que existen puntos oscuros –por la escasez de fuentes– para el relato pormenorizado de los hechos, abordamos todos aquellos sustentados en el criterio más o menos unánime de los historiadores, que permiten avanzar una radiografía de lo sucedido. ¿Se puede discutir, a estas alturas, que el germen de la Reconquista surgió del entorno de los Picos de Europa? ¿No fue la familia cántabra descendiente del duque Pedro la que, finalmente, asumió la Corona del primer reino cristiano? ¿No es dato concluyente la presencia de Beato y que Liébana se proyectara en los primeros tiempos del nuevo reino como importante foco guerrero, de cultura y religiosidad? Éstas y otras preguntas tienen, hoy, respuestas que confirman el protagonismo del pueblo liebanense en este tiempo histórico.

Un hecho relevante acontenció cuando Favila, hijo de Pelayo, murió en una cacería tras reinar dos años. En esta coyuntura trágica, dejó el camino abierto al cántabro Alfonso, que casó con Hermesinda, hija de don Pelayo y hermana del monarca. Alfonso, que pasó a la historia como el primero de los Alfonsos y el título El Católico, era hijo mayor de Pedro, duque de Cantabria. La línea genealógica de la Monarquía Española –tal y como ratificó la Real Academia de la Historia– encontró sus primitivos reyes en la descendencia de los dos hijos del duque Pedro: Alfonso y Fruela, que fundaron la Dinastía Cántabra que se hizo con el control de la Corona y aunque la extensión del territorio cántabro llegaba hasta el Sella, incluyendo en este territorio la Corte de Cangas de Onís, lo cierto es que se perdió o diluyó nuestro nombre para denominarse el reino «de Asturias» a secas.

Partiendo de que Asturias tiene un pueblo que ama su historia y manifiesta un orgullo por un pasado del que viene obteniendo evidentes rendimientos de todo tipo por esa vinculación al origen de la Monarquía, no puede extrañar que un periódico de gran prestigio y liderazgo regional como La Nueva España recordara hace unos años –en ese objetivo de asturianizar aun más el origen de la Monarquía– que la última reina de origen asturiano fue Adosinda (774-783), casada con el rey Silo, hija de Alfonso I el Católico y nieta de don Pelayo y de Pedro, duque de Cantabria. Su influencia era tan importante que logró que su esposo, el noble Silo, se convirtiera en rey en un tiempo en el que no se heredaba la Corona, aunque ésta no salió en ningún momento –como bien corroboran los historiadores asturianos– de la familia del duque de Cantabria.

No puede ni debe extrañar que existan trabajos de investigación histórica impregnados de un cierto patriotismo nacional, regional o localista. Existe aquí y en todas partes. Pero esta tendencia no puede ser obstáculo que impida que aspiremos –como es el caso– a elaborar una obra sustentada en el rigor desde la valoración de las fuentes documentales de este tiempo trascendental de la Historia de España. Sin embargo, hemos querido –de forma intencionada– aprovechar la importante y densa bibliografía asturiana para elaborar el protagonismo cántabro en estos capítulos históricos. No debemos olvidar que cántabros y astures compartimos una historia común, en la que tan trascendente es la protagonizada por el pueblo de Cantabria como la asumida por Asturias, dos pueblos que como en la época del imperio romano destacaron como núcleo especial de resistencia frente a los invasores.

En esta ocasión podemos invocar opiniones ajenas a Cantabria que no puedan ser acusadas de un sentimentalismo partidista, como la del antropólogo e historiador asturiano José Manuel Gómez-Tabanera García (1926-2011), miembro de número del Instituto de Estudios Asturianos, que en el libro sobre Alfonso II El Casto (1) del cronista oficial de Asturias, Constantino Cabal (1877-1967), páginas 531-537 escribe:

«Será pues el príncipe Ramiro, posteriormente Ramiro I, de donde arranque la línea dinástica destinada a prolongar durante doce siglos una Casa Real de las Españas representada hoy por don Juan Carlos, Soberano reinante y su hijo don Felipe, Duque de Cantabria, Príncipe de Asturias y de Gerona…».

Una afirmación exenta de partidismo localista ya que Gómez-Tabanera fue historiador y profesor de Antropología y Prehistoria de la Universidad de Oviedo. Mientras tanto, aquí en Cantabria se ha pasado prácticamente de puntillas sobre hechos contrastados, salvo excepciones honrosas de unos pocos escritores cuyas referencias quedan apuntadas en diferentes apartados de este libro.

Esta pérdida no justificada de una identidad sucedería algo más de siglo y medio después con la titularidad asturiana, al integrarse el primitivo reino cristiano bajo la denominación de Reino de León, lo que sucede hasta alcanzar la unidad nacional a medida que se van extendiendo los territorios que se fueron conquistando a los invasores. En consecuencia, su extinción fue la causa de una crisis de crecimiento, como también pudo ocurrir con el nombre de Cantabria al extenderse el Reino hacia más allá del Sella y tomar el control del mismo la dinastía de la Casa de Cantabria encabezada por Alfonso I.

De los monarcas del primer reino cántabro-astur se llegó, con el paso del tiempo, a la unificación dinástica que coincidió con la construcción unitaria de España. Gómez-Tabanera en su trabajo publicado en el libro sobre el rey Alfonso II el Casto, destaca el protagonismo de la Dinastia surgida del tronco familiar del duque Pedro, todas ellas –Navarras, Borgoñas, Trastamaras, Austrias y Borbones– «posteriores a la de Cantabria», circunstancia que permite afirmar que Felipe VI desciende de Vermudo I por línea ininterrumpida de padres a hijos o hijas.

Apunta bien Gómez-Tabanera al señalar una serie de dinastías dentro de una misma Familia Real, pero todas –insiste en su trabajo– posteriores a la de Cantabria. En efecto, con el rey Vermudo I, descendiente directo de Pedro, duque de Cantabria, comienza una línea ininterumpida de padres a hijos o hijas, ya que Vermudo I es padre de Ramiro I, al que sucede su hijo Ordoño I, padre a su vez de Alfonso III el Magno, al que reemplaza su hijo Ordoño II, hasta llegar tras mil años de historia monárquica al actual monarca. Por el contrario, la línea directa –sucesión de padre a hijo– de Alfonso I, el Católico, emparentada con la de Pelayo, continuó en su hijo Fruela I y, en el hijo de éste, Alfonso II el Casto, se interrumpió.

En los contenidos del dictamen de 1916 de la Real Academia de la Historia de España y sobre los reyes de la Casa de Cantabria en obras editadas en Asturias, encontramos –he aquí la justificación final de esta obra– las referencias hoy no discutidas por los historiadores sobre el protagonismo de Liébana en la Reconquista, la Dinastía Cántabra que comenzó con el cántabro Alfonso I y la participación lebaniega no solo en el aspecto guerrero sino en la cultura y la religiosidad de su tiempo con el protagonismo de Beato. En fin, una gran historia que por general desconocimiento se desmerece.

Reitero lo que tantas veces he dejado escrito: todo pueblo que esté decidido a construir un brillante futuro no puede perder la memoria de su historia. Ya un pensador afirmó que «conocer el pasado es defender el presente» en lo que es una clave que nos dice que necesitamos saber de dónde venimos, para saber a dónde vamos. También podemos tirar de reflexiones más actualizadas como la que señala que «los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden conciencia de sus destinos, y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor preparan el porvenir». Conviene, por tanto, desarticular la desesperante amnesia colectiva que parece haberse puesto de espaldas a un pasado de heroísmo, abnegación y sacrificios, desde cuya virtuosidad se edificó el espíritu nacional y una identidad liebanense aportada a la historia de Cantabria.

Ante la dejación existente, algunas de sus causas –aunque no todas– pueden encontrarse en la renuncia a la necesaria orientación de conciencias sobre un legado que no pertenece a nadie en particular sino a la identidad común. Esta situación ha venido forzada por sucesivos cambios en el modelo educativo que si bien se introdujeron con buena fe y como novedad plausible, otros países modernizados estaban de vuelta por entenderlos innecesarios. De esta manera, se subsumió a la Historia dentro de un vago conjunto generalizador que ha dejado como indocumentados históricos a muchos nuevos ciudadanos, cuando ha sido precisamente la Historia y su conocimiento no aferrado a esquemas ultranacionales, lo que ha servido a muchos pueblos para levantarse y superar su secular aislamiento.

En la combinación de las reflexiones apuntadas, sustentamos estos trabajos evocadores sobre una historia oculta y secuestrada, a pesar de las aportaciones de historiadores como Manuel Pereda de la Reguera con su obra Cantabria, raiz de España (reedición 2000) e Ildefonso Llorente Fernández con su título Recuerdos de Liébana (1883). La vinculación al territorio liebanense de la monarquía cántabra en la historia de España es mucho más que la simple evocación de pasados veraneos regios. Lo ha escrito Miguel Artola desde su rigor de historiador, al indicar que la dinastía cántabra se alargó hasta el año 1037, sucediéndose hijos y hermanos de reyes.

Eran los tiempos en los que el núcleo originario del primer reino estaba en Liébana hasta que se fue extendiendo hacia la zona de Asturias, fijándose la capitalidad en Cangas de Onís, parte asturiana que siempre fue cántabra como reconoce el nada sospechoso historiador Sánchez-Albornoz. Y tan cántabra fue esa zona que, recorde- mos, los municipios de Peñamellera Alta y Baja fueron cántabros en el primer cuarto del siglo XIX; es decir, a efectos históricos hasta ayer mismo. En consecuencia, la Monarquía tuvo sus inicios en Liébana y de Cantabria fue la primera dinastía a través de los hijos del duque Pedro, Alfonso y Fruela, como dejó probado la Real Academia de la Historia hace ya un siglo.

Mucho ha aportado Liébana a la historia de Cantabria: un territorio diferente, el valor y la resistencia de sus gentes o el carácter indomable frente a las invasiones. El académico y catedrático emérito de la Complutense, Ángel Sánchez de la Torre, hijo del que fuera gran lebaniego, Epifanio Sánchez Mateo, que tanto promocionó la educación y la religiosidad, dejó escrito que «no abundan en los documentos históricos de toda clase referencias directas y reveladoras sobre Liébana. Pero sí podemos conocer muchas cosas sobre Liébana, porque Liébana ha estado siempre donde está ahora. No sería posible desde luego empujarla o cambiarla de lugar. Además, Liébana ha estado siempre muy aislada y sin contacto intenso con sus vecinos» (2).

Finalmente, una acertada frase de nuestro sabio universal, Marcelino Menéndez y Pelayo, sirve como cierre de esta introducción: «Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte. Puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión de ingenio y hasta de género, y serán como relámpagos que acrecentará más y más la lobreguez de la noche».

NOTAS

  1. Del artículo Errores sobre Beato de Liébana, de Roberto Lavín Bedia, miembro de la Sociedad Española de Médicos Escritores-ASEMEYA, en El Diario Montañés, sección cultura, de 21 de agosto de 1998.
  2. Conferencia de Ángel Sánchez de la Torre (1929) en la Casa de Cantabria en Madrid de 5 de junio de 1984, con presentación a cargo de José Antonio Odriozola, con el título «Qué permanece de la Liébana de hace dos mil años».