Canteros del Valle de Buelna
Artistas geniales en el labrado de la piedra
Por Paulino Laguillo García-Bárcena

La fama de nuestros canteros –en las categorías de aprendices, oficiales y maestros– traspasaba los límites de la provincia, entonces denominada La Montaña, y en muchos lugares de España se decía: «Canteritos de Buelna, larán larán...».

En una somera revisión de la historiografía de Cantabria puede comprobarse perfectamente la suma importancia que para la economía familiar de nuestra tierra tuvo durante siglos, en muchos casos, el antiquísimo oficio de la cantería, constituyendo unos ingresos adicionales a los obtenidos con las labores agrícolas y ganaderas en tiempos de muy difíciles condiciones de vida, denodado esfuerzo y grandes vicisitudes.

Resulta obvio por sí mismo, como ha sido escrito de siempre por plumas muy autorizadas, que la razón fundamental de tan reconocida especialidad en nuestros antepasados radica sobre todo en la formación geológica de esta región, donde la extracción de rocas de distintas variedades viene prodigándose desde tiempo inmemorial. Las principales en Cantabria son las denominadas sedimentarias, representando casi el 50% de las mismas las areniscas y las calizas puras, muy abundantes estas últimas en el valle de Buelna.

Un ejemplo bien demostrativo de ello se tiene en el símbolo principal del escudo de Cantabria, la estela céltica de Barros (Los Corrales de Buelna), datada en el siglo III a. C., de piedra arenisca procedente de la zona o de la región.

Consabido es en Cantabria el renombre del que gozaron por toda la Península grandes maestros canteros montañeses no hace muchos siglos, destacando muy notablemente tanto los de la Merindad de Trasmiera como los del valle de Buelna en las Asturias de Santillana.

Tampoco hay que esforzarse tanto para ver que, mientras que en el primer caso hubo hace ya casi un siglo quien se preocupó de dejar constancia para la posteridad de la justa fama que tuvo este antiguo gremio de la zona en que vivía, no ha ocurrido lo propio hasta ahora en el caso del valle de Buelna, resultando por ello muy imperativo llenar este vacío en los anales de nuestra historia, y en un momento tan puntual como el presente, con el deseo de impedir que puedan quedar en el olvido tan grandes artífices en el labrado de la piedra cuando comenzamos la segunda década del siglo XXI, durante el cual pueden predecirse casi con total certeza los innumerables cambios que habrá de experimentar la humanidad.

Hay dos motivos fundamentales que imponen dicha tarea a quien esto escribe, siempre bajo la premisa de que otros podrían hacerlo mejor y, sobre todo, desde un muy posible mayor conocimiento de la materia en sí misma. Por una parte, están presentes sus profundas raíces de muchos siglos en el valle de Buelna, motivo primordial de haberle interesado desde niño su larga historia; y por otra, el tener entre sus ascendientes a estos geniales artistas en el labrado de las piedras.

Es en Buelna San Felices
y allí el barrio de Rivero
donde tengo mis raíces
y en ellas algún cantero.

Viene la palabra «piedra» del vocablo griego lito, siendo la Litología la ciencia que estudia las rocas. El hecho de haber estado tan presente esta materia prima en la vida de nuestros ancestros fue lo que sin duda alguna dio lugar a que tanto en la comarca como en la propia región se conocieran a los habitantes de San Felices de Buelna por el sobrenombre de «Litos».

Pero la fama de nuestros canteros traspasaba los límites de la provincia, entonces denominada La Montaña, y en muchos lugares de España se decía: «Canteritos de Buelna, larán larán…».

Aún nos parece oír en el pueblo los cánticos de nuestros mayores, que con todo fervor y nostalgia entonaban el siguiente adagio: «Un cantero de Buelna, ¿qué lleva al lado?, un corazón de piedra, no me lo ha dado». Lo mismo que sus siempre sabios dichos populares, entre ellos éste: «Canterito de Dios, pon un canto sobre dos, y de vara en vara, traba».

También nos contaban muchas veces, durante la deshoja del maíz en los portales de las casas al recogerse el cereal de las mieses en la época otoñal, que estos antepasados tenían un dialecto propio, la Pantoja, que hablaban entre ellos para que nadie les entendiera cuando salían en la primavera para cumplir sus contratas de largo tiempo fuera de casa. Lo hacían con los primeros rayos del día y sin despertar a sus familiares, de quienes se habían despedido la noche anterior. Iban en cuadrillas, de lo más unidos y compenetrados, defendiéndose mutuamente con todo su ardor ante las muchas adversidades y peligros que habrían de vivir y padecer. Acarreaban las herramientas para el trabajo y los alimentos a lomos de burros, reuniéndose en ocasiones en un punto convenido con los de Trasmiera, ya que muchas de las obras las realizaban conjuntamente. Todos ellos coincidieron, en no pocos trabajos realizados en otras regiones de España, con otros buenos canteros del País Vasco y de la Galicia de entonces.

Contrariamente a lo que se creía en el valle de Buelna, la jerga de la Pantoja no era exclusiva de sus afamados canteros, pues con algunas pequeñas variaciones la usaban igualmente los de las anteriormente citadas regiones de España. Así lo recoge el escritor Fermín de Sojo y Lomba (1867-1956) en sus obras sobre los canteros de Trasmiera. La dedicada a este peculiar lenguaje, que escribió en 1947, constituye un exhaustivo estudio del mismo, en el que pone de manifiesto que es corto en palabras, «no creo que pase de 700 las utilizadas», que no sigue las reglas gramaticales y que su empleo se remonta, por lo menos, a los siglos XVI y XVII, refiriéndose a la carencia de vocablos, transmutación de los verbos y consonantes, empleo de vocales protéticas, etc., aunque tomando del castellano las preposiciones, conjunciones e interjecciones.

En este análisis de la jerga aclara el escritor que «he observado en los canteros de Buelna que utilizan preferentemente la E protética, puesta en los casos citados: dicen ARQUER, con lo cual se comprueba la aproximación a Asturias».

Y en tan concienzudo estudio recoge también esto: «La falta de diccionarios y reglas escritas para utilizar “LA PANTOJA” ha permitido dar rienda suelta a la fantasía de los canteros y por eso es corriente que una misma palabra castellana tenga varias de aquella para expresarse según la región».

No le pasa inadvertido al escritor trasmerano otro aspecto a favor del gremio, asegurando que: «En los sitios públicos a los que concurren personas que desconocen la jerga, la educación de los canteros les impide emplearlas, y en sus casas tampoco tienen aplicación, sobre todo si los hijos no aprenden el oficio del padre».

Tan inapreciable estudio del habla de los canteros montañeses ha podido verse ampliado en 2006 con Cuentos y artículos en español y en pantoja para mis amigos suspinchas de miaire, a cargo del cura párroco de Miera, D. Ricardo Bárcena y Bárcena, quien se lamenta de la «cantidad de palabras hoy perdidas y de uso normal en la vida de estas gentes maravillosas…». Dice el sacerdote: «Es “LA PANTOJA” la forma inteligente de estar juntos y separados, de guardar lo recóndito del alma y participar en la vida junto a los que viven. Fueron hombres sencillos, trabajadores, inteligentes. Su saber de piedras, su custodia e intimidad, ¿Han hecho de “LA PANTOJA” una jerga muerta? No. Un museo de 850 palabras que llevan la vida de muchas generaciones». Y tras su labor pastoral en Miera durante seis décadas, considera que de no haberse perdido con el paso del tiempo muchas de las palabras que él aún conoció, bien pudieron acercarse al millar en el argot singular de los canteros que durante siglos les identificó como grupo.

En su trashumancia anual formaban un conjunto muy cerrado y se comunicaban entre ellos por medio de esta jerga para que nadie les entendiese. De ahí que entre los muchos mitos de tan popular gremio de artesanos esté el de que pertenecían a la masonería, lo que estudios posteriores han demostrado que es carente de todo fundamento. No resulta en cambio tan alejado de la realidad sus andanzas amorosas en los lugares donde acudían a trabajar durante largo tiempo sin volver a casa. Así lo evidencia una cantiga popular gallega en defensa de las mozas casaderas, que decía: «De las palabras de los canteros, muchachas no os fiéis, cogen los picos y se marchan, muchachas. ¿Por qué los queréis?». Esto parece que era común entonces a todos los canteros.

[…]

2017-12-22T23:45:54+00:00