Beato de Liébana
Un monje universal
Por José Ramón Saiz Fernández

Beato de Liébana no fue sólo una eminencia intelectual en los inicios de la Reconquista, sino un defensor de la ortodoxia cristiana frente a corrientes como la del poderoso Elipando, arzobispo de Toledo —en esa época sometido a los invasores árabes—, que abrió un cisma en la Iglesia con una doctrina conocida como el adopcionismo, que combatieron con firmeza Beato y otro monje lebaniego, Eterio, su discípulo y obispo de Osma.

Y citamos que uno y otro fueron lebaniegos —tema que abordamos en este artículo— porque en algunos estudios se le presenta a Beato como monje «asturiano», en un intento de identificar su obra con la del Reino de Asturias, que también se apropió de este nombre, cuando realmente la Reconquista surgió en las tierras cántabras de Liébana, y el origen de la monarquía nace de Pedro, Duque de Cantabria, y de sus hijos Alfonso y Fruela, tesis avalada por un dictamen de la Real Academia de la Historia de 1916, que ratifica que los antecedentes históricos del primer reino cristiano hay que buscarlos en la indómita Cantabria, y que el verdadero tronco de los antiguos monarcas de la Reconquista fue Pedro, Duque de Cantabria.

Hay que destacar que Liébana en ese tiempo no sólo fue un centro guerrero y de reagrupamiento frente a los árabes —encabezado por Pelayo, acompañado de sus fieles de Cosgaya y Mogrovejo, así como por los sucesores de Pedro, Duque de Cantabria—, sino que también se proyectó como foco de cultura y religiosidad gracias al protagonismo valiente y comprometido de Beato de Liébana y del grupo de monjes que le acompañó.

Al encabezar la lucha contra la doctrina adopcionista del primado Elipando, convirtió el país lebaniego en refugio de la ortodoxia cristiana. Beato de Liébana creó e impulsó una obra apasionante en su monasterio lebaniego, que significó una referencia de primer orden en la confrontación de ideas y posturas en la Iglesia católica, al ser el centro de la oposición al adopcionismo, lo que obligó a la convocatoria de dos concilios.

La presencia de Beato en toda esta etapa convulsa —todo el territorio salvo el reducto de los Picos de Europa estaba en manos de los invasores— coincide con el reinado de los primeros monarcas cántabros, lo que unido al protagonismo en otros campos, como el militar —que iniciaría el Rey Alfonso I con sus razzias contra los invasores—, proyecta el trascendente papel histórico del territorio libanense.

 

UN MONJE LEBANIEGO MUY SINGULAR

Fue Beato de Liébana en el ámbito monacal uno de los grandes personajes de la Alta Edad Media, figura que alcanzó un protagonismo especial en el último tercio del siglo VIII, unas décadas después de que en Liébana se escuchara el primer grito de independencia frente a los árabes, y que de la unión de las familias de Pelayo y de Pedro, Duque de Cantabria, surgieran los primeros pasos de la monarquía cántabra que, tras los éxitos de Covadonga y Monte Subiedes (Camaleño), se extendió con rapidez hacia la zona central de Asturias. Un documento del año 826 se refiere a una donación que realiza Froila al abad Lavi, de la iglesia de San Esteban de Mieses, en cuya carta aparece al final el nombre de «Beatus Nonitus Presbiter».

Los investigadores discuten todavía si se trata de un lebaniego de origen o de un eclesiástico, tal vez, de Toledo, refugiado en aquella comarca con sus libros y, quizá, con unos cuantos compañeros, con motivo de los planes de repoblación emprendidos por el rey Alfonso I, cuando Liébana y otros territorios comenzaron a recibir gentes que huían de la invasión árabe. Lo que sí sabemos es que en los veinte años que transcurren entre el 770 al 790, desarrolló una labor intelectual que trascendió con creces de los límites de Liébana; tiempos aquellos en los que el país lebaniego no sólo era un foco de resistencia frente a la nueva invasión, sino que también se proyectó como un centro de religiosidad y de cultura que traspasó nuestras fronteras.

Esta trascendencia de La Liébana —como es citada por algunas fuentes— en circunstancias históricas tan significativas, lleva a que algunos historiadores reflejen en sus trabajos que Liébana aparezca formando parte del Reino de Asturias al comienzo de la Reconquista; así, el historiador Sánchez Mariana se refiere a que el «espacio geográfico» en el que Beato desarrolla su creación intelectual «sería el del reino asturiano», situando el tiempo del ilustre monje «entre los reinados de los primeros Alfonsos». Por su parte, el historiador asturiano García Toraño abunda en la misma tesis, indicando que Liébana pertenecía a Asturias en los inicios de la Reconquista «y con certeza desde los días de Alfonso I el Católico».

Los investigadores discuten todavía si se trata de un lebaniego de origen o de un eclesiástico, tal vez, de Toledo, refugiado en aquella comarca con sus libros y, quizá, con unos cuantos compañeros, con motivo de los planes de repoblación emprendidos por el rey Alfonso I, cuando Liébana y otros territorios comenzaron a recibir gentes que huían de la invasión árabe. Lo que sí sabemos es que en los veinte años que transcurren entre el 770 al 790, desarrolló una labor intelectual que trascendió con creces de los límites de Liébana; tiempos aquellos en los que el país lebaniego no sólo era un foco de resistencia frente a la nueva invasión, sino que también se proyectó como un centro de religiosidad y de cultura que traspasó nuestras fronteras.

Esta trascendencia de La Liébana —como es citada por algunas fuentes— en circunstancias históricas tan significativas, lleva a que algunos historiadores reflejen en sus trabajos que Liébana aparezca formando parte del Reino de Asturias al comienzo de la Reconquista; así, el historiador Sánchez Mariana se refiere a que el «espacio geográfico» en el que Beato desarrolla su creación intelectual «sería el del reino asturiano», situando el tiempo del ilustre monje «entre los reinados de los primeros Alfonsos». Por su parte, el historiador asturiano García Toraño abunda en la misma tesis, indicando que Liébana pertenecía a Asturias en los inicios de la Reconquista «y con certeza desde los días de Alfonso I el Católico».

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2017-12-22T23:45:54+00:00