Muerte y ritualística en La Montaña durante la Edad Moderna
Por Marcos Pereda Herrera

El de la vocación de trascendencia es, sin duda, uno de los rasgos definitorios de un ser humano que no ha dudado a lo largo de los milenios en intentar interceder con los mundos ultraterrenos para procurarse una eternidad más confortable una vez llegada la muerte. Todas las culturas han empleado parte de su tiempo en crear un espectro de ritualística concreto que incluye ofrendas, ceremonias, advocaciones, comuniones con el propio medio físico y, en general, cualquier cosa que pueda «mediar» ante los poderes sobrenaturales al final de la vida.

No es, por supuesto, la cultura tradicional de Cantabria ajena a este interés por el más allá, a este «ornamento» del deceso que lo aleja del componente meramente natural y lo acerca al fenómeno de carácter casi consuetudinario. Y no lo es, no puede serlo, entre otras cosas, porque la misma idea sobre la muerte resulta muy diferente en tiempos pasados de cómo la concebimos en la actualidad.

Cuando se trata de analizar las tradiciones funerarias del pasado, es usual olvidar un elemento fundamental: la misma cotidianeidad de la muerte. Efectivamente, a la altísima mortalidad infantil se unían las frecuentes epidemias de peste (el Corregimiento de las Cuatro Villas se vio diezmado por la que comienza a finales del siglo XVI), las hambrunas e, incluso, el clima de conflictividad soterrada, de violencia siempre a punto de estallar, que caracteriza a la sociedad durante la Edad Moderna. Si a ello le sumamos los conflictos bélicos (que aunque no tuvieran incidencia directa sobre el territorio, acarreaban levas que menguaban la población) e incluso el modelo económico de corte fundamentalmente agropecuario (siendo más importante el factor ganadero en estas tierras), que proporcionaba una relación directa, habitual y constante con el ciclo de vida y muerte, con la propia mortalidad de cada uno de los sujetos, podemos llegar a entender que esa cotidianeidad de la que hablábamos antes resulta decisiva a la hora de abordar la relación con la parca. En otras palabras: la alteridad con la que se contempla ahora esta situación poco o nada tiene que ver con la visión asumida sobre la misma que se tenía durante la Edad Moderna. Visión asumida que, por lo demás, poco tiene de fatalista, sino que se muestra más como una experiencia de tipo empírico, que resulta tan lógica como cualquier otra que venga a ocurrir en los pequeños concejos rurales de Cantabria.

Precisamente en este espacio geográfico y popular vamos a movernos, porque es allí donde las visiones sobre la mortalidad van a contemplar una ritualística mayor, derivada de ese concepto de la religiosidad teñida de supersticiones o paganismo tan habitual en la época, y donde el fenómeno trascendente adquiere tal importancia que, vestido con ropajes católicos, llega a marcar vida y calendario en las pequeñas aldeas. Procesiones, rogativas, luminarias para prevenir pestes… El mantenimiento de la fe en la magia (aun disfrazada de forzosa ortodoxia cristiana) sigue muy presente en estas tierras.

Una buena muestra son, por un lado, los testamentos que se van recogiendo en la zona durante la Edad Moderna; y, por otro, la forma y lugar de inhumación del cadáver. Respecto de los primeros, siempre aparecen encabezados por una manifestación expresa de profesar la fe cristiana y una frase que, más o menos, viene a decir lo siguiente: «Estando como estoy enfermo en cama de enfermedad que Dios Nuestro Señor fue servido de darme…». Esta introducción simbólica era considerada hasta hace poco como mera formalidad sin contenido «espiritual», pero los trabajos de autores como Fonseca Montes han relativizado en parte tal concepto hasta entenderlo como confesión sincera. Pero hasta ahí llega la ortodoxia católica en las disposiciones testamentarias, porque lo que viene más tarde es una retahíla de religiosidad mal entendida y pequeñas «intercesiones» ante las fuerzas ultraterrenas para intentar alcanzar la salvación eterna.

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2017-12-22T23:45:54+00:00