En Torno al Lábaro Cántabro

HISTORIA

Toda la prensa madrileña, ciudad donde me hallaba el pasado día 23 de junio, y supongo que la restante nacional, publicaba en tal fecha en grandes titulares, algunos a tres columnas, la noticia de que «la bandera roja y blanca de Cantabria ondea desde ayer en el balcón de la Diputación de Santander», enterándome posteriormente, a mi regreso, por la información de la Gaceta del Norte, de igual fecha, que ello se debió a que, lo mismo que los otros intervinientes en nombre del PRC y PSOE, «el portavoz del grupo centrista solicitó que la bandera de Cantabria ondeara permanentemente junto a la nacional en los mástiles principales del palacio de la Diputación».

He aguardado algunas fechas por si alguien, con más competencia y autoridad que yo, desvanecía tamaño dislate, pero como veo nadie lo hace, me decido a efectuarlo por las presentes líneas, dada la importancia del caso.

La bandera «de Cantabria» que así se enarboló en la Diputación, no fue la regional cántabra, sino la marítima -blanca y roja- que ha venido distinguiendo administrativamente al puerto de Santander… y al de Bilbao.

La bandera roja y blanca no es la bandera de Cantabria, como se dice, sino la del puerto santanderino, del mismo modo que la azul y blanca es la de la provincia, surgidas ambas muy recientemente como consecuencia de la Ley provincial de 1826, en desarrollo de la Constitución doceañista de Cádiz que, al menos en nuestro caso y por consideraciones seudopolíticas antifeudales, ignoró nuestros límites históricos regionales cántabros originarios para configurarnos administrativamente como una capitidisminuida provincia, comenzando por designarla, no con el nombre originario regional de Cantabria, sino con el de su capital, Santander, por lo que resulta realmente asombroso que los del «sonajero» de la autonomía cántabra continúen, sin embargo, pensando mentalmente en el parámetro inmovilista provincial de Santander, satisfechos, por lo visto, con el sólo cambio de su nombre por el de Cantabria, pero sin apurar las lógicas consecuencias coherentes con tal cambio. Cantabria, de otra parte y sin embargo, no necesita inventar tampoco recientes banderas exóticas de tufo anglosajón, ni adoptar las barras aragonesas de don Jaime, «el del punyalet», cual hacen otras «nacionalidades», pues tiene un histórica y bimilenaria enseña, quizá la más antigua de Europa, el «Lábaro Cántabro», que, tras su conquista por las Legiones de la Roma Imperial de Augusto, se le concedió como homenaje a su suicida heroísmo frente a ella, que así romanizaba Roma, según testimoniaron Minutio Félix, Tertuliano y el Codex Teodosianus.

El «Lábaro Cántabro» es, pues, a nuestro tan modesto criterio, la verdadera y auténtica bandera de Cantabria, y no dos inexpresivos colores decimonónicos sin significación alguna. Compuesto de dos bordes laterales horizontales en oro, sobre fondo bermellón y el emblema central en círculo, también en oro, símbolos de la sangre vertida a raudales y de los huesos de los inmolados en la lucha frente a Roma, respectivamente, colores ambos que después pasarían a integrar los de la bandera de España y «Lábaro», quizá desaparecido tras la invasión visigótica del siglo V, tras la que Cantabria se convirtió en Ducado de los Reyes toledanos, para pasar a ser cuna, con Asturias, tras la rota del río Guadalete, de la inicial primera Monarquía verdaderamente nacional, con el enlace de Ermesinda, hija de don Pelayo, con Alfonso I, hijo de don Pedro, Duque de Cantabria, ya a mitad del siglo VIII.

Aunque he leído muchas otras inexactitudes de «sonajero», a raíz de tan sonado pleno de la Diputación, como la «interpretación» por hermeneutas de secano y a la violeta que parecen pretender enfrentar sofística y antidemocráticamente el artículo 143 de la Constitución -«iniciativa del proceso autonómico»- con el 151 de la misma, cuyo número dos exige que «dicha iniciativa sea ratificada mediante referéndum por el voto afirmativo de la mayoría absoluta de los electores de cada provincia en los términos que establezca una ley orgánica», para intentar, por el contrario, mantener al pueblo, en cuyo nombre se dice pedir la autonomía, al margen de toda intervención en el proceso autonómico, como ya indicamos desde estas páginas el cinco de mayo pasado, cuando es manifiesto que ambos artículos son complementarios, pues, mientras el primero establece solamente los requisitos para solicitar la autonomía, el segundo, en cambio, los necesarios para aprobar el proyecto de estatuto, tratándose por tanto de dos fases diferentes, claramente diferenciadas, del mismo proceso, integrado por tres: aprobación por el Congreso de tal proyecto, para llegar a la autonomía, por razón de espacio, no podemos aquí referirnos a ellas (1).

Manuel Felipe de la Mora Villar

Cantabria Histórica (1979) – La Gaceta del Norte de Santander (13 de julio de 1979)

(1) Esta tesis sobre el Lábaro Cántabro como enseña de Cantabria fue asumida también por “Larus” en ALERTA de 4-8-79 y 21-8-79.

A nuestro tan modesto criterio, al emblema pagano del Lábaro debería incorporarse, cristianizándole, la Cruz gótica que en Covadonga, Cosgaya y Subiedes, enarbolara el portaestandarte de don Pelayo, el cántabro lebaniego señor de Mogrovejo, hoy usado en exclusiva por Asturias impropiamente.

2017-12-22T23:45:58+00:00 Actualizado: 19 de septiembre, 2016 @ 20:23 | CANTABRIA|