Crónica de los Reyes de origen cántabro

El valor de nuestra historia (2) | HISTORIA

Por José Ramón Saiz Fernández (ALERTA 23/09/99)

El Príncipe Heredero don Felipe de Borbón ha cumplido su primer día de visita oficial a Cantabria y ha podido percibir ese calor popular que suscita la presencia de quién un día será Rey de España. Se trata de una estancia que las autoridades cántabras estarán aprovechando al máximo, tanto desde la pespectiva de presentar la realidad de una comunidad autónoma como evocar el valor de una historia nuestra –que no ha perdido valor a pesar de la dejación a la que ha estado sometida– y que es rica en fecundidad y generosidad en los hitos más importantes de la construcción de España.

Hace ochenta y cinco años (1914) se editó en Oviedo la obra «Alfonso III el Magno» último monárca del reino de Asturias, surgido de la unión con Cantabria. En 1992 y ante el Príncipe don Felipe de Borbón se recordó solemnemente en la capital asturiana, en un acto pleno de emotividad y significado, la figura señera de este Rey, soberano a quién la historia asigna la elección de su lugar natal – Ovetao/Ovetum – como capital de su reino. Para situarnos, Alfonso El Magno fue hijo de Ordoño I y nieto de Ramiro I, descendientes directos del tronco familiar de Pedro, duque de Cantabria siguiendo la línea hereditaria de los reyes Alfonso I y Bermudo I.

La obra sobre Alfonso III el Magno escrita por el historiador Armando Cotarelo fue ganadora del premio Santa Cruz con el voto unánime de la Real Academia de la Historia. Entre las páginas VII y XIX incluye un dictamen de la Academia de la Historia que de fecha 4 de abril de 1916 está firmado por José Ramón Mélida, Manuel Perez Villamil y Gabriel Maura y Gamazo. El aval de la Real Academia de la Historia a esta obra es concluyente al afirmar que «el autor de la obra que examinamos demuestra desde su introducción que no ha carecido de ninguna de las cualidades inherentes a un buen historiador, ni ha perdonado sacrificio ni trabajo para llevarlo a cabo con todos los recursos de la erudición y de la crítica modernas». Defiende y acepta la Real Academia en su dictamen las conclusiones que el historiador Cotarelo deja en su obra, de las que destacamos estas dos:

 

«Los orígenes de esta nueva dinastía deben buscarse en la indómita Cantabria… y el verdadero tronco de los antiguos monarcas de la Reconquista fue Pedro, Duque de Cantabria» (pág. XI).

 

El tronco de la familia de Pedro en el origen de la Monarquía española se reafirma al no alcanzar más allá de dos generaciones la descendencia de don Pelayo.

Este hecho es aceptado por todos los estudiosos y el historiador Cotarelo lo manifiesta así:

 

«Breve fue la descendencia del invicto caudillo D. Pelayo. La desgraciada muerte de Favila cortó la sucesión masculina del héroe de Auseva y la femenil, dimanada de su hija Ermesinda, no alcanzó más allá de dos generaciones, extinguiéndose con el gran monarca que llamamos el Casto. Empero, la corona asturiana vino a quedar vinculada en la misma familia de los dos insignes Alfonsos, siquiera fuese por rama lateral y no salió de ella en varios siglos» (pág. 27).

 

Este es el reconocimiento de la preeminencia de la raíz cántabra de la naciente monarquía. Alfonso I el Católico fue hijo de Pedro de Cantabria y Alfonso II el Casto, que muere soltero en el año 791, era hijo de Fruela I, rey en el 757 e hijo de Alfonso I. Es la familia de «los dos insignes Alfonsos» como cita Cotarelo en su obra, tesis que vuelve a ratificar cuando unas líneas después añade que «el hijo de Pelayo se nombró Favila, como su abuelo, al paso que los descendientes del duque Pedro, se denominan Alfonso, Fruela, Aurelio, Bermudo, Ramiro, Ordoño, etc, y hasta después del entronque con Navarra no aparecen los nombres de García y Sancho». Ese origen de la Monarquía «en la indómita Cantabria» lo entienden y lo asumen todos los estudiosos de la vecina Asturias y otros célebres historiadores como Morales (Crón. gen, lib., III, cap. 4); Garibay (Comp. his., part. I, lib. VIII, cap. 8); Sota (Crón. de los Príncipes de Ast. y Cant., lib. III, cap. 42); Trelles (Asturias, ilustr., II, 50), etcétera.

De los reyes de Cantabria descendientes directos del duque Pedro, hacemos el siguiente breve apunte:

Alfonso I, el Católico, reinó entre el 739 y 757. Hijo de Pedro, duque de Cantabria y casado con la única hija de Pelayo, lo que favoreció la unión de cántabros y astures. Inteligente y guerrero, supo aprovechar la coyuntura favorable que le brindaban las luchas intestinas en el Al-Andalus para realizar el afianzamiento y la expansión del reino cántabro-astur. Ha sido el primer rey de los «Alfonsos» y son ya trece los reyes que reinaron con este nombre; el útlimo, don Alfonso XIII, abuelo del actual monárca.

Fruela I, reinó entre el 757 y 768. Al morir su padre Alfonso I y tras una elección de puro trámite, accedió al trono. Se vió obligado a defender unas fronteras muy extensas constantemente amenazadas que logró extender su padre, de quién heredó la valentía y la capacidad política.

Aurelio (768-774). Roto el sistema de monarquía hereditaria, se volvió al sistema de los godos para la elección de rey. Era tal la fuerza de los descendientes de Pedro de Cantabria en la incipiente monarquía cántabro-astur, que es elegido Aurelio, hijo de Fruela, sobrino, por tanto, de Alfonso I, el Católico. Fue el suyo un reinado pacífico, falleciendo sin descendencia en Cangas de Onís.

Silo (774-783). Una vez más se procede a elegir rey, recayendo la designación en el noble Silo, casado con Adonsinda, hija del rey Alfonso I, el Católico. Fijó su residencia en Pravia, abandonando la capitalidad de Cangas de Onís.

Mauregato (783-789). Muerto Silo, fracasó el intento de la reina Adosinda de elevar al trono a Alfonso, hijo de Fruela y nieto de Alfonso I. La elección recayó en Mauregato, hijo bastardo de Alfonso I. En su reinado rechazó una fuerte incursión musulmana.

Bermudo I (788-791). Sobrino de Alfonso I el Católico y hermano del rey Aurelio, era hijo de Fruela y, en consecuencia, nieto de Pedro, duque de Cantabria. Tras una dura derrota ante los musulmanes, prefirió regresar a su antiguo estado clerical y abandonar el trono. Fue un rey generoso y magnánimo y más ilustrado de lo que era corriente en aquellos tiempos.

Alfonso II el Casto (783-842). Hijo del rey Fruela y nieto de Alfonso I, el Católico, reinó durante más de medio siglo. Se cumplen ahora 1200 años de la razzia que Alfonso II dirigió contra los musulmanes llegando hasta Lisboa, que fue devastada y saqueada, regresando el ejército con un gran botín. En su reinado Compostela se convirtió, gracias a su protección, en un centro de peregrinación y capital cultural y religiosa del reino. Murió sin descendencia.

Ramiro I (842-850). Hijo de Bermudo I y bisnieto de Pedro, duque de Cantabria, debió vencer una revuelta interna tras la cual Ramiro I se hizo proclamar rey, siendo coronado a la manera gótica. Para la historiadora Isabel Torrente (Historia de Asturias, vol. II) «este triunfo de Ramiro marcó un hito en la monarquía cántabro-astur ya que su triunfo llevó parejo el definitivo de la dinastía de Pedro de Cantabria sobre la de Pelayo». Con Ramiro I se dió vía libre a la sucesión hereditaria, abandonándose la sucesión electiva. Será, pues, Ramiro I, descendiente directo de Pedro de Cantabria, de donde arranque la línea dinástica destinada a perdurar durante doce siglos, una Casa Real representada en la actualidad por don Juan Carlos I.

 

* Del libro Diccionario de los Reyes de España, de M. Rios Mazcarelle. Alderabán Ediciones, S.L. Madrid 1995.

2017-12-22T23:45:58+00:00 Actualizado: 18 de septiembre, 2016 @ 10:47 | CANTABRIA|