El Ducado de Cantabria en el origen de la Monarquía Española

El valor de nuestra historia (1) | HISTORIA

Por José Ramón Saiz Fernández (ALERTA 22/09/99)

La presencia en Cantabria, desde hoy y hasta el viernes, de Su Alteza Real el Príncipe don Felipe de Borbón, alienta a trazar unas serie de reflexiones sobre los orígenes de la Monarquía Española y la participación de Cantabria en este hecho histórico de gran trascendencia en la vida nacional. Heredero por tradición de un legado de doce siglos de Monarquía, esta comunidad le recibe con la más calurosa de las bienvenidas. Para estas reflexiones y, por tratarse de un tema de gran sensibilidad para muchos cántabros, hemos acudido a las fuentes y los trabajos de historiadores de la vecina Asturias que desde su imparcialidad -y para que no se nos acuse de pasión- han estudiado y evaluado con conclusiones de gran interés, documentos históricos para la reconstrucción de los momentos trascendentes que en el siglo VIII alumbraron la Corona de España.

El primer libro al que remito a los lectores es el que lleva por título «Historia de El Reino de Asturias» de Paulino García Toraño (Oviedo, 1986) que en su capítulo IV con el título «Comienza la Dinastía Cántabra con Alfonso I» (página 83 y ss.), señala que «los cronistas cristianos nos dan la noticia de la llegada de Alfonso «hijo del duque de Cantabria» a la corte de Cangas de Onís, muy poco después de la batalla de Covadonga».

Este protagonismo del Ducado de Cantabria -creado por el Rey Leovigildo (567-586) al dividir a España en grandes comarcas o provincias ducados- aparece en todas las antiguas crónicas que se refieren a esta época y que señalan al duque Pedro como el caudillo principal de la Cantabria que bajo su suprema autoridad contiene por el sur de su territorio los ataques musulmanes. Muy posiblemente existió un acuerdo entre Pedro y Pelayo para que el segundo defendiera la zona occidental del Ducado (territorio que se extendía hasta el río Sella, incluyendo Cangas de Onís, primera sede de la nueva Monarquía), mientras el duque Pedro defendió la parte central (Alto Campóo y la meseta) y oriental, ayudado por sus hijos Alfonso y Fruela que años más tarde ceñirían la corona del reino cántabro-astur.

Pedro, el duque de Cantabria, y Pelayo, de Asturias, fueron aliados en la lucha contra los invasores pero manteniendo independientes sus respectivos territorios. La unión de las dos familias con el matrimonio de Alfonso con Ermesinda posibilitó, en primer lugar, la unidad definitiva de astures y cántabros contra el Islám, que se concreta con la incorporación de Cantabria al extenderse el reino hacia los territorios vecinos, lo mismo que sucedería casi dos siglos después cuando el Reino de Asturias desaparece en el año 910, teniendo como causa una crisis de crecimiento.

Muerto Pedro, su hijo Alfonso no solo asumirá el título de duque de Cantabria sino que será proclamado Rey (739-757). García Toraño en su obra sobre la historia del Reino de Asturias, añade a lo señalado hasta aquí:

 

«De todo este episodio relativo a Alfonso I y su padre el duque de Cantabria, sólo tres noticias nos proporcionan los cronistas: que Alfonso era hijo del duque de Cantabria, que era de sangre real, que vino a Cangas poco después de la batalla de Covadonga y que contrajo matrinomio con la hija de Pelayo».

 

Como afirma el historiador asturiano, estamos ante «el primer Alfonso de nuestra historia» que proclamado Rey a la muerte de Favila, hijo de Pelayo, «pasó a la historia como un guerrero esforzado que ensanchó el reino con frecuentes expediciones contra los musulmanes»; al tiempo, agrega y une el Ducado de Cantabria al entonces minúsculo reino de Asturias y comienza la reorganizaciòn de la vida militar, política, administrativa y religiosa de todo el territorio de aquella incipiente monarquía. Los cronistas cristianos ofrecen una relación pormenorizada de las tierras y ciudades que el rey recorrió en sus cabalgadas y las repoblaciones que llevó a cabo durante su reinado, ayudado por su hermano Fruela. Llegó y conquistó según la crónica de Alfonso III hasta Salamanca, Zamora o Tuy, es decir, extendió las fronteras hasta Galicia, el noroeste de la meseta castellana y por el este hasta Alava y La Rioja. Después de dieciocho años de reinado y de expediciones ininterrumpidas contra los musulmanes moría Alfonso I, llamado el Católico, el año 757.

La presencia cántabra en el origen, primero, del reino astur y, por añadidura, de la Monarquía Española soporta todas las pruebas y comprobaciones históricas a las que se quiera someter lo hasta aquí afirmado. Lejos de acogerme a los estudios rigurosos de historiadores cántabros que han escrito sobre esta etapa alumbradora de la Monarquía Española, he querido sustentar este protagonismo histórico de Cantabria en textos recogidos de trabajos de gran interés editados en la comunidad vecina avalados, además, por la Real Academia de la Historia. Así, cierro este artículo citando el libro de Armando Cotarelo sobre Alfonso III El Magno (Oviedo, 1ª edición del año 1914 y reeditado en 1991) con prólogo de Manuel Fraga Iribarne, del que recojo estas conclusiones:

 

«El verdadero tronco de los antiguos monarcas de la Reconquista, fue Pedro, duque de Cantabria… En tiempos de los Reyes Egica y Witiza ejerció el cargo de capitán general de la milia, en el 687 ascendió a Duque al frente de la provincia de Cantabria; ayudó poderosamente a Pelayo en sus empresas y, por último, estrechó con él su parentesco mediante el matrimonio de sus hijos, realizándose así la unión de Cantabria con el naciente reino cristiano» (pág. 31).

 

El mismo autor, en la página 33 de su obra sobre Alfonso III El Magno, añade que «a Pedro sucedió en el ducado de Cantabria su hijo Alfonso I, que casó con la hija de Pelayo y hacia el 739 ciñó la corona de Asturias», para citar seguidamente a su hermano Fruela, también hijo de Pedro, duque de Cantabria:

 

«Si justamente célebre es el nombre de Alfonso I el Católico, no debe serlo menos el de su hermano Fruela ya que, aparte de ser tronco de la casa real de Asturias y León, sus hazañas resultan inseparables de las de su regio hermano…Asocióle Alfonso al trono y en su compañía ensanchó los límites del reino de Asturias y Cantabria por las vastas extensiones de Galicia y Bardulia».

 

Fue en este contexto histórico en el que se asistía al origen cántabro de la Monarquía Española, cuando Liébana – auténtica cuna de la monarquía cántabro-astur – se proyecta como foco de cultura cristiana con la presencia de Beato, personaje de grandes dotes personales, talento y audacia, quién protagonizará la defensa intelectual contra la doctrina trinitaria del obispo toledano Elipando. Esta presencia de Beato nos indica la magnitud del empeño del gran rey cántabro Alfonso I en su política de repoblación del reino.

2017-12-22T23:45:58+00:00 Actualizado: 18 de septiembre, 2016 @ 10:38 | CANTABRIA|